
Ensayo sobre la abulia, el aparato y la encrucijada actual
(por Norberto Ise) La democracia contemporánea en Argentina y en gran parte de la región atraviesa una paradoja asfixiante. Mientras los problemas estructurales se profundizan, arrastrando a vastos sectores hacia una decadencia material y social que opera como un verdadero matadero a cielo abierto, una porción mayoritaria de la ciudadanía permanece sumida en la abulia, el conformismo y la resignación. Este fenómeno no es un accidente biológico ni una fatalidad inevitable; es el resultado de un sistema político corporativo que ha perfeccionado el arte de expulsar al ciudadano común para transformarlo en un mero espectador impotente.
Analizar este proceso — tomando como caso testigo la trayectoria del pragmatismo político encarnado en figuras como Sergio Massa— permite entender cómo se construyó esta trampa. Sin embargo, el diagnóstico no estaría completo sin advertir que el verdadero motor de esta dominación es cultural y cognitivo: un virus ideológico inoculado sistemáticamente para que el rebaño marche de manera mansa hacia su propia destrucción.
I. La política como expulsión: La génesis de la abulia social
Cuando el malestar cotidiano se vuelve crónico, la supervivencia diaria le gana la pulseada a la conciencia crítica. Para el ciudadano de a pie, aquel que madruga, paga sus impuestos y lidia con la inflación, la inseguridad y la precariedad laboral, la energía vital queda completamente cooptada por el imperativo de subsistir. En ese escenario, la política deja de ser percibida como un instrumento de emancipación y transformación social para convertirse en un espectáculo ajeno, lejano y, las más de las veces, repulsivo.
Esta percepción no es ingenua. Existe una construcción deliberada por parte de los aparatos de poder para alejar a la población de la toma de decisiones. Al vaciar de contenido ideológico el debate público y reducirlo a una disputa de facciones por cuotas de presupuesto y cargos, la superestructura política logra su objetivo más preciado: convencer a la sociedad de que involucrarse es inútil. Se instala así la pedagogía del cinismo (“son todos iguales”, “la política es una mugre”), que empuja al ciudadano al individualismo defensivo. Se cree, erróneamente, que ignorando al sistema se está a salvo, cuando en realidad ese repliegue voluntario es lo que le otorga vía libre a las corporaciones y a los operadores para disponer del destino común sin rendir cuentas a nadie.
II. El espejo del pragmatismo: El caso Sergio Massa y la lógica del aparato
Para comprender los mecanismos materiales mediante los cuales este sistema se perpetúa y desmoraliza a las bases, es ilustrativo analizar trayectorias paradigmáticas de la política argentina reciente, como la de Sergio Massa. Su recorrido político funciona como un manual práctico sobre la mutación de los aparatos y el predominio absoluto del pragmatismo por sobre las convicciones. 1 Massa irrumpió en la escena pública enarbolando un discurso enfáticamente crítico contra las estructuras tradicionales y el clientelismo. A través del “aparateo” clásico —encabezando reclamos en internas partidarias y disputas de poder—, consiguió su primer cargo como legislador provincial bonaerense a fines de los años noventa. Desde allí, su derrotero incluyó su salto a la administración de la ANSES (2002-2007). Gestionando uno de los presupuestos más robustos del Estado, transformó el organismo en una vidriera de alto impacto territorial que le sirvió para escalar a los codazos, empujando tanto a propios como a extraños y sumando a numerosos operadores con su misma mirada de crecimiento personal y corporativo.
A partir de esa base, el camino posterior fue una secuencia de piruetas tácticas: la fundación del Frente Renovador para disputar el poder central, las alianzas y rupturas sucesivas, y su posterior integración a los distintos esquemas del espacio nacional y popular. Lejos de transformar el sistema desde adentro, el pragmatismo sin principios terminó por absorberlo. El aparato original se recicló, los “conchabados” y operadores políticos rotaron de sello partidario según soplara el viento de los recursos públicos, y la caja del Estado continuó operando como el combustible indestructible de una rosca desinteresada de las urgencias de la población. Este tipo de trayectorias son letales para el tejido social. Cuando la ciudadanía observa que los dirigentes cambian de enemigos históricos, de ideología y de alianzas con total naturalidad en función de la conveniencia táctica, el mensaje subyacente es devastador: la política no sirve para cambiar la realidad, sino para garantizar la supervivencia de una casta de profesionales de la función pública. El descreimiento se institucionaliza y la abulia ciudadana se consolida.
III. El virus letal: La idea introducida para marchar al matadero
Sin embargo, el aparato material de la política no opera en el vacío; requiere de un software cultural que lo sostenga. Aquí radica la dimensión más perversa del sistema: el virus más letal que ataca a la humanidad no es una plaga biológica, sino una idea.
Es esa construcción mental que te introducen de forma voluntaria o inducida en el cerebro para que aceptes mansamente las reglas del opresor. Es la idea de que el sacrificio es inevitable, de que no hay alternativas, de que el esfuerzo individual es el único camino mientras las estructuras de poder real saquean el botín colectivo. Cuando el poder hegemónico logra inocular ese virus en el inconsciente social, consigue lo que ningún ejército podría lograr por la fuerza: que las propias víctimas caminen en fila india y en completo silencio hacia el matadero, convencidas de que no les queda otra opción.
IV. El ecosistema hegemónico y el periodismo mercenario
Para que este virus ideológico se mantenga activo y mutando, cuenta con un aliado fundamental: el ecosistema mediático concentrado y su brazo ejecutor, el periodismo mercenario.
En la arquitectura del poder hegemónico, los medios masivos no son meros difusores de noticias; actúan como el sistema inmunológico del statu quo. La mentira sistemática, la calumnia y la injuria no son errores periodísticos casuales ni excesos de la libertad de expresión, sino 2 operaciones quirúrgicas destinadas a desmoralizar, confundir y destruir cualquier intento de organización genuina. Cuando el sistema judicial y social minimiza el efecto de la calumnia bajo el pretexto de la liviandad institucional, lo que hace es blindar al poder real. El periodismo mercenario se encarga de fabricar el sentido común reaccionario, blindando a los dueños de los aparatos y anestesiando la indignación popular.
V. La cortina de humo y el saqueo a cielo abierto del presente
Como si todo este andamiaje histórico fuera poco, el escenario político actual eleva la apuesta de la degradación nacional a niveles inéditos. Bajo el latiguijudo pretexto de la “libertad”, asistimos a una función circense perfectamente diseñada para anestesiar a la sociedad: un show cotidiano sostenido a base de falsas denuncias, insultos seriales, persecuciones ideológicas y falsedades que operan como una gigantesca distracción.
Mientras la atención popular queda secuestrada por la pirotecnia discursiva o por la euforia momentánea de un grito de gol —donde se festeja más una alegría efímera que la propia justicia —, por detrás del arco del mundial se consuma el vaciamiento de la patria:
- El endeudamiento serial que hipoteca el futuro de generaciones enteras.
- La entrega criminal de la soberanía territorial y estratégica: desde la claudicación en la causa Malvinas hasta el saqueo del subsuelo, la depredación sin control de la pesca en el Mar Argentino y la flexibilización de la ley de tierras para vender superficies equivalentes a países enteros a corporaciones extranjeras.
Todo esto ocurre a la vista de todos, amparado por la misma vieja y eficaz máxima cultural que nos trajo hasta acá: el “no te metas” y el cómplice “algo habrán hecho”.
VI. La salida: Transparencia extrema y participación popular
De este laberinto no se sale con mesiánicos iluminados ni con retoques cosméticos en las superestructuras partidarias. De esto solo se sale mediante una profunda refundación democrática sostenida sobre pilares inquebrantables:
- La participación activa de las bases: La soberanía no se delega en blanco cada dos o cuatro años. El compromiso debe reconstruirse desde lo cotidiano, el territorio y la organización horizontal, rompiendo la inercia de la comodidad individualista.
- Instituciones y despachos sin puertas: Es imperativo demoler la liturgia del poder distante. Se necesitan menos funcionarios carismáticos de marketing político y mucha más eficiencia, cercanía y rendición de cuentas cara a cara con la población.
- El fin de la impunidad comunicacional: Las calumnias, las injurias y la mentira sistémica instrumentadas por el periodismo mercenario deben ser juzgadas sopesando su verdadera esencia desestabilizadora y destructiva, sin minimizar jamás el daño social masivo que provocan.
VII. Escena final: El debate eterno bajo el coliseo de la historia
Tal como se refleja en la síntesis visual de esta lucha conceptual, la escena final nos transporta a un coliseo moderno. En banquillos opuestos, Mariano Moreno y Javier Milei discuten visiones antagónicas del país a cielo abierto.
De un lado, la convicción de que el Estado es la voluntad superior del ciudadano anclada en los principios republicanos; del otro, el dogma del mercado libre absoluto y el individualismo digital. En el centro de la escena, custodiado por los hilos ocultos de los acuerdos espurios y las licitaciones bajo la sombra, el pueblo asiste anestesiado desde las gradas, distraído por la pasión efímera de una pelota de fútbol mientras el futuro de la nación se disputa en la superficie.

Ilustración conceptual: Debate histórico y contemporáneo bajo el coliseo de la historia.
En definitiva, la salud de una república no depende de la habilidad táctica de sus dirigentes, sino de la vitalidad y exigencia de sus ciudadanos. La única cura conocida contra el virus de la resignación y contra la marcha silenciosa hacia el matadero es la transparencia radical y la participación popular organizada.
¿Quién podrá decir que no sos responsable?
