El estudio marplatense, integrado por los arquitectos Federico Moretti y Agustín Terra Loredo y la investigadora Oriana Menéndez, combina bioconstrucción y diseño bioclimático para levantar viviendas que permitirían ahorrar hasta un 84% de energía eléctrica en invierno y otro tanto en gas. Terra Loredo explica por qué el costo final del metro cuadrado no difiere del de la construcción tradicional, y qué falta para que el modelo se masifique.
Tribu de la Tierra nació hace siete años como cooperativa, de donde conserva el nombre: la “tribu” remite al formato asociativo original, y “la tierra” a la construcción con tierra cruda que la cooperativa desarrollaba entonces y que el estudio sigue practicando a día de hoy. Terra Loredo, Federico Moretti y Oriana Menéndez, los tres docentes e investigadores en la carrera de Arquitectura, llevan adelante actualmente el desarrollo de proyectos, la dirección de obra y la coordinación con distintos equipos que materializan las viviendas, desde el primer contacto con el cliente hasta la planimetría técnica final.
Terra Loredo aclaró que la bioconstrucción y el diseño bioclimático son dos cosas distintas que el estudio elige combinar. La primera refiere al uso de materiales de bajo procesamiento industrial, como tierra, madera, piedra, fibras vegetales, con una huella de carbono muy inferior a la de los materiales convencionales. El segundo consiste en diseñar aprovechando las condiciones del sitio como variable de proyecto desde la primera línea de diseño, no como una adaptación posterior. “Cuando incorporás el diseño bioclimático desde la primera etapa, diseñás viviendas que aprovechan cuestiones que están dadas para todas las construcciones y que no todas aprovechan”, explicó.
Un ahorro que está en el mantenimiento
Contra la creencia extendida, Terra Loredo aclaró que la vivienda de construcción natural no resulta más barata que la tradicional. “La Cámara Argentina de la Construcción define un valor de referencia que hoy ronda los 1.200 dólares el metro cuadrado, y una vivienda de construcción natural no se aleja mucho de eso”, precisó. Los materiales son más económicos, pero la mano de obra especializada y los procesos artesanales compensan la diferencia. El ahorro real, remarcó, aparece después, en la factura de calefacción y refrigeración a lo largo de la vida útil del edificio, un dato que cobra otra dimensión a la luz de los cálculos que maneja el propio grupo, según los cuales un diseño bioclimático puede reducir el consumo eléctrico un 84% en invierno y un 46% en verano, y el consumo de gas hasta un 84%.
Ese ahorro adquiere particular relevancia en zonas donde no llega la red de gas natural, buena parte de la periferia marplatense depende de garrafa o de calefacción eléctrica, aunque Terra Loredo remarcó que la eficiencia energética debería ser un criterio universal y no solo periférico. Recordó que la provincia de Buenos Aires cuenta desde 2003 con la ley 13.059, reglamentada en 2010, que obliga a toda construcción nueva a cumplir parámetros de acondicionamiento térmico. El problema, señaló, es el control: “Los que tienen que controlar el cumplimiento de esa ley son los municipios y, lamentablemente, no lo controlan.”
Chapadmalal, el centro de la nueva ola
El estudio trabaja principalmente en las afueras del Partido de General Pueyrredon, pero con una fuerte concentración en Chapadmalal, zona que Terra Loredo asocia a un movimiento de mayor contacto con la naturaleza impulsado desde la pandemia. Ese crecimiento encontró marco normativo en 2016, cuando el municipio aprobó la ordenanza que habilita la construcción con tierras crudas, dos años después de que la ciudad fuera sede del Congreso de Bioconstrucción y Eficiencia Energética. Según Terra Loredo, hoy existen entre General Pueyrredon y General Alvarado al menos tres asentamientos de vivienda colectiva construidos íntegramente en bioconstrucción, con entre 10 y 30 viviendas cada uno, y entre 50 y 60 propuestas adicionales.
En 2018, una resolución de la entonces Secretaría de Vivienda y Hábitat reconoció al sistema de entramado ligero de madera (wood frame) como sistema de construcción “tradicional”, equiparándolo normativamente con la mampostería. Ese cambio, que Terra Loredo describió como “una gran avance que pasó desapercibido”, habilitó a este tipo de viviendas a acceder a líneas de financiamiento estatal como el Procrear y a créditos bancarios que antes las excluían.
Un innegociable de diseño, y una alternativa para lo ya construido
La implantación en el terreno, compuesta de decisiones respecto a la orientación, vientos dominantes, vegetación, mejores vistas etc, es un principio no negociable del estudio. El análisis del sitio precede a la definición del programa de la vivienda y termina de configurar su forma final. “Esa vivienda está en ese terreno y no puede estar en otro, porque está pensada para aprovechar las condiciones de ese sitio específico”, explicó.
Para quienes ya construyeron con aislación deficiente y tienen facturas de gas elevadas, el arquitecto sostuvo que casi siempre hay margen de mejora, aunque requiere un estudio caso por caso, desde la incorporación de materiales aislantes hasta reformas puntuales de protección de vientos o vegetación. Muchas de las viviendas nuevas del estudio, agregó, incorporan además paneles solares y colectores para agua caliente sanitaria, con algunos casos de autonomía total de la red eléctrica.
Transferencia a la comunidad
Terra Loredo cerró remarcando la dimensión pedagógica del proyecto. Desde el año pasado, el equipo dicta cursos de bioconstrucción en Miramar junto a la Escuela Universitaria de Formación Profesional de la UNMDP, en convenio con el municipio de General Alvarado. “Somos arquitectos que ejercen la profesión, pero también docentes e investigadores, y no podemos desatar esas tres cosas”, afirmó. “El conocimiento no es nuestro, no queda en la universidad ni en el estudio: es de todos y lo compartimos.”
