A los 95 años falleció el presbítero Hugo Segovia, una figura profundamente querida por numerosos marplatenses y, de manera especial, por quienes formaron parte de la comunidad de San Carlos Borromeo.
Su paso por la ciudad dejó una huella que excede largamente su extensa trayectoria sacerdotal: fue un hombre que muchas veces eligió escuchar antes que juzgar y acompañar antes que imponer.
La noticia de su fallecimiento provocó tristeza entre quienes lo conocieron y compartieron con él distintas etapas de su vida pastoral. Para muchos feligreses, Hugo Segovia no fue simplemente un sacerdote. Fue el hombre al que se podía acudir cuando la vida familiar se complicaba, cuando aparecía una separación, cuando había que bautizar a un hijo o cuando una pareja buscaba volver a encontrar un lugar dentro de la comunidad religiosa.
Esa mirada profundamente humana también lo llevó, en distintas oportunidades, a enfrentarse con las rigideces de las normas eclesiásticas. Segovia fue cuestionado por autoridades de la Iglesia por decisiones pastorales que, para muchos otros sacerdotes, podían resultar difíciles de asumir: acompañó y bendijo matrimonios de personas divorciadas y bautizó a hijos de parejas que habían atravesado separaciones. En tiempos en que la palabra “divorciado” podía convertirse en una barrera dentro de la Iglesia, él muchas veces decidió que no debía serlo.
Su posición no siempre fue comprendida por quienes tenían responsabilidades jerárquicas. Pero quienes estaban cerca suyo recuerdan que esas decisiones no nacían de una intención de desafiar a la institución, sino de una concepción de la fe en la que la persona ocupaba un lugar central.
Segovia entendía que detrás de cada situación había una historia. Y que las historias humanas no siempre podían encajar en normas rígidas. Su Iglesia estaba en el barrio, en la familia, en el dolor, en la necesidad de ser escuchado y también en la posibilidad de volver a empezar.
Esa forma de ejercer el sacerdocio encontró una expresión particularmente fuerte durante los años en los que estuvo al frente de la comunidad de San Carlos Borromeo, donde fue párroco entre 1992 y 2010. Allí construyó un vínculo que, con el paso de los años, se transformó en uno de los rasgos más recordados de su trayectoria en Mar del Plata.
Pero su historia sacerdotal había comenzado mucho antes.
Hugo Segovia nació en Punta Alta el 5 de abril de 1931. Realizó allí sus estudios primarios y secundarios y posteriormente ingresó al Seminario Mayor San José de La Plata. Fue ordenado sacerdote el 23 de julio de 1961 por el arzobispo de Bahía Blanca, monseñor Germiniano Esorto, a quien acompañó como secretario durante el Concilio Vaticano II.
En aquellos años profundizó su formación en Roma, donde cursó estudios en la Pontificia Universidad Gregoriana y obtuvo el título de licenciado en Derecho Canónico. También fue profesor de Filosofía y Ciencias de la Educación en la Universidad Nacional de La Plata.
Entre 1964 y 1974 se desempeñó como canciller y secretario general del Arzobispado de Bahía Blanca. Su actividad también estuvo vinculada al ámbito cultural y cinematográfico: fue presidente de la Organización Católica Internacional de Cine (OCIC) y jurado de esa organización en los festivales de Mar del Plata de 1996 y 1997 y de La Habana en 1998.
En la Diócesis de Mar del Plata fue párroco de San Andrés, en Miramar, entre 1980 y 1992. Luego llegó a San Carlos Borromeo, donde permanecería durante 18 años.
Su compromiso trascendió además los límites estrictamente religiosos. Entre 2002 y 2006 fue coordinador del Consejo Municipal de Cultura y en 2009 fue declarado Ciudadano Ilustre de Mar del Plata por su extensa y comprometida labor social a favor de la comunidad.
Sus restos serán velados este lunes en el Hogar García Landera de Necochea. Este martes, a las 10, se celebrará la Misa Exequial y posteriormente se realizará la cremación.
Con su muerte se va un sacerdote de una generación que entendió que la Iglesia también podía construirse desde la calle y desde la vida cotidiana. Pero queda, entre quienes lo conocieron, una enseñanza difícil de olvidar: que detrás de cada norma existe una persona y que, muchas veces, acompañar, comprender y tender una mano puede ser la forma más profunda de ejercer la fe.
Para muchos marplatenses, especialmente para la comunidad de San Carlos Borromeo, Hugo Segovia no será recordado solamente por los cargos que ocupó ni por los títulos que obtuvo. Será recordado por algo mucho más sencillo y, quizás, mucho más trascendente: haber estado cerca de la gente.
