Dos semanas después de nuestra primera recorrida, el Retrato volvió a la fila. Las cifras no bajaron: subieron. Y los vecinos tampoco se fueron a sus casas, siguen en la sala de espera de EDEA reclamando respuestas.
La sala de espera de EDEA sigue repleta de vecinos, que dejaron sus quehaceres para protestar por una boleta que no reconocen como suya. Las cifras que circulan entre los bancos de espera van de los 300 mil a los 480 mil pesos, y la respuesta de las ventanillas sigue siendo, en todos los casos, la misma: “Tiene que pagar y después reclama”.
La cuenta que no cierra
Rubén Haedo tiene 58 años, vive en el barrio Las Dalias desde toda la vida y dice que nunca tuvo un problema con la empresa distribuidora. Hasta ahora. Le llegó una boleta de 480 mil pesos. “¿Cómo pago eso? El año pasado me hicieron cambiar el medidor, y la tuve que poner. Dije bueno, no hay problema. Ahora de golpe me clavan estas fortunas”, planteó, y aseguró que él “está acostumbrado a pagar” pero que ya llegó a un punto en que no le da el bolsillo.
“Esto arrancó cuando sacaron los subsidios y EDEA se mandó la parte” sentenció. Antes de terminar la charla, advirtió que si no consigue una solución concreta ese día, vuelve al otro con más vecinos.
A pocos asientos, Ayelén Martínez, de Félix U. Camet, y que estaba escuchando la entrevista, acumula 400 mil pesos en varias boletas de 160 mil cada una. Limpia casas. Su marido trabaja en la construcción. Tiene dos hijos. “Antes pagaba 40 mil con el mismo consumo”, recordó. Le ofrecieron un plan de pago, pero los intereses la frenan. “¿Regularizar qué, si el que se fue al carajo es el precio?”, respondió.
Sin gas y sin respuestas
Varios de los vecinos que esperaban ese día comparten una variable que amplifica el impacto de la suba. Para los que no tienen conexión al gas natural, la electricidad no es una opción si no que es la única fuente de energía disponible en una casa.

María Elena Gómez, de 68 años, es jubilada del barrio Autódromo y llegó con la boleta y DNI en mano a reclamar. “Apago todo en mi casa, uso frazadas, no tengo estufas”, describió. Y aun así, la boleta llegó a los 380 mil pesos. Desde la ventanilla le señalaron el termotanque eléctrico como posible causa. Ella no lo entiende: “¿Cómo puede ser, años con el termotanque y nunca vino tanto?”.
Emanuel Soria, tampoco tiene gas. Calefón, cocina, estufa cuando se puede. Este invierno, que describió como “bravo”, lo obligó a usar más. Lo asume. Pero lo que no acepta es la magnitud del salto: “Lo comparo con el año pasado y no es un poco más. Es una animalada. A mi me vinieron 600 mil pesos”. A modo de chiste dijo en voz alta paro el resto de la sala: “tenemos que competir a ver quién llega más alto”
El laberinto del subsidio
Una de las quejas que más se repite en la sala tiene que ver con el RASE (Registro de Acceso a los Subsidios a la Energía), el sistema nacional mediante el cual los hogares se inscriben para acceder a descuentos en la tarifa según su nivel de ingresos. Muchos vecinos hicieron el trámite, pero no saben si quedaron bien categorizados ni en qué nivel se encuentran.
Soria explica su situación: “A mí me dijeron: vos debés estar en tal nivel de subsidio. Yo hice el trámite ese del RASE hace un montón, pero ¿quién me asegura que quedó bien? Si te cambian de categoría o te sacan el subsidio, vos te enterás cuando te llega el tiro en el pecho, no antes”.
Ricardo Molina, llegó con la misma duda. “Yo había hecho el trámite, me acuerdo, lo hice con mi señora. Y ahora no sé si quedé bien o me pasaron a otra categoría. Porque uno escucha que si estás en un nivel pagás una cosa y si estás en otro nivel pagás otra totalmente distinta. Y no te avisan con tiempo”, sostuvo. Para Molina, la boleta acumula recargos sobre una deuda original que ya discute: “Te llega una boleta impagable, no la pagás porque no podés, y al mes siguiente te castigan con intereses. Y así se hace una bola. Y la bola te aplasta”.
Lecturas estimadas y cargos sin explicación
Otra inquietud transversal apunta a la fiabilidad de las lecturas. Mariana Ledesma, vino a pedir directamente una refacturación. Trabaja todo el día, sus hijos están en la escuela y dice que no hay nadie en casa durante todo el día. Y la boleta no refleja eso.

“¿Está bien el medidor? ¿Está bien la lectura? ¿Hubo un estimado?”, preguntó. También mencionó el cargo de alumbrado público, que antes se pagaba por separado y ahora aparece dentro de la factura de la distribuidora. “Mi marido me dice: bueno, es municipal. Y yo digo sí, pero me lo están cobrando acá. Y cuando uno está con el agua al cuello, todo lo que se sume te desacomoda la vida”.
Ledesma llegó con todo impreso, después de agotarse con los canales digitales. “Te contestan como robot: ingrese al link, complete el formulario”, describió. Pide que “una persona me mire a los ojos y me diga: esto fue lectura estimada, esto es alumbrado, esto es consumo. Y que me den un número de reclamo y un plazo. Porque si no, es venir a perder el día y volver a casa con la misma angustia”.
“Hacé la cuenta”
Patricia Figueroa estudia, trabaja y vive en un monoambiente. Tiene menos de 30 años y fue la que más rápido resumió el absurdo: “Me vino un montonazo de luz. 300 mil por boleta, vivo en un monoambiente, hace la cuenta. No tiene sentido”. Para pagar, tuvo que negociar con la inmobiliaria un fraccionamiento. “Le tuve que pedir por favor para que me dejen pagarla en dos veces. Porque es esa, la tenés que pagar sí o sí. Pagás y vemos, te dicen básicamente.”
Lo que sigue siendo una constante en todos los testimonios es la discontinuidad entre el consumo real, al menos el percibido, y el número que figura en la boleta. “No cambié de consumo, es de un mes al otro esto. No sé qué vieron en el medidor, si es que vieron el medidor”, cerró Figueroa.
Hace doce días, el Retrato publicó la primera recorrida por la misma fila. Las cifras eran parecidas. Las caras, también. Lo que cambió es que ahora hay más gente que ya pasó por la ventanilla una vez y volvió, porque la respuesta no alcanzó.
