La muerte de un adolescente de 16 años, baleado por un comerciante que, según se conoció, ya había sufrido ocho asaltos en su local, abrió una profunda grieta en Mar del Plata. El hombre, cansado de ser víctima de la delincuencia, decidió permanecer en el lugar a la espera de quienes, presuntamente, volverían a robarle. Cuando aparecieron, tomó un arma y disparó. Uno de los jóvenes murió.
El episodio dejó mucho más que una investigación judicial. Puso nuevamente sobre la mesa el drama de una sociedad que se siente indefensa frente al delito y que, al mismo tiempo, enfrenta las consecuencias de respuestas que terminan en tragedia.
De un lado aparecen vecinos que consideran que el comerciante actuó llevado por la desesperación, después de haber sido víctima reiterada de los delincuentes, y reclaman su libertad. Para ese sector, lo ocurrido es consecuencia directa de una inseguridad que durante demasiado tiempo dejó a comerciantes y vecinos expuestos y sin respuestas suficientes.
Del otro lado están los familiares y amigos del adolescente fallecido, quienes reclaman justicia y sostienen que el comerciante debe permanecer detenido. Para ellos, no puede justificarse que una persona termine muerta a balazos.
La tensión social quedó expuesta durante el fin de semana en inmediaciones de Juan B. Justo y la avenida 180, en la zona conocida como Villa La Palangana. Allí, un grupo de jóvenes protagonizó una serie de ataques contra automovilistas y motociclistas.
Según los videos subidos a las redes, los agresores arrojaban piedras contra los vehículos para obligarlos a detenerse y, una vez que frenaban, intentaban asaltarlos. En uno de los episodios, le robaron la bicicleta a un joven y posteriormente también atacaron a un motociclista y se “alzaron” con un automóvil.
La situación generó escenas de verdadero caos y volvió a instalar entre los vecinos una pregunta que se repite cada vez con mayor frecuencia: ¿hasta dónde puede llegar una sociedad que siente que el Estado no logra garantizarle seguridad?
Pero también aparece el otro interrogante: ¿qué sucede cuando el miedo, la bronca y la impotencia llevan a que cada persona decida hacer justicia por mano propia?
Mar del Plata atraviesa así una situación especialmente delicada. La muerte del adolescente no solamente es una tragedia familiar: también es el reflejo de una sociedad atravesada por la inseguridad, la violencia, la desconfianza y la sensación de que las respuestas institucionales llegan tarde.
Mientras la Justicia deberá determinar las responsabilidades concretas en el crimen, la ciudad queda nuevamente atrapada entre dos reclamos que parecen enfrentados pero que nacen de un mismo problema: el miedo.
El desafío ahora no es solamente determinar qué ocurrió aquella noche. También será necesario encontrar respuestas para evitar que la próxima víctima sea otro comerciante, otro adolescente o cualquier vecino que simplemente transite por las calles de Mar del Plata.
Porque cuando una ciudad llega al punto en que unos celebran la muerte de un joven y otros justifican que un comerciante dispare porque ya no soportaba ser víctima, la discusión dejó de ser solamente policial o judicial: se convirtió en un problema social que reclama respuestas urgentes.
