Luego de días de violencia y muerte, el Retrato recorrió la calle de Mar del Plata para relevar la percepción de los vecinos sobre la inseguridad. Empleados, comerciantes, jubilados y trabajadores de aplicaciones coincidieron en un diagnóstico de temor generalizado, aunque difirieron, sobre todo, en la confianza de que algo vaya a cambiar.
La gente tiene miedo. Esa es la primera impresión que da la inseguridad en Mar del Plata. La segunda es desesperanza. Años en los que no cambia nada, donde cada vez es peor, y en los que volver a la casa caminando rápido, poner rejas y cámaras, se hicieron costumbre. Natalia Belén Vargas, es empleada administrativa y madre de hijos ya adultos: “tengo terror de que les pase algo a mis hijos”, dijo, “cada vez que salen a tomar algo o con algún amigo no puedo dormir, me tienen que mandar mensajes diciendo que llegaron bien a casa”.
El temor conviene con experiencias concretas y recientes. Roberto Acosta, es taxista y relató haber estado cerca de correr la misma suerte que Alberto Rodríguez, el chofer de Uber asesinado el fin de semana pasado durante un robo: “a mí el sábado casi me pasa lo mismo”, contó, dos motochorros se le pararon en un semáforo y le trataron de abrir las puertas, por suerte logró arrancar.
Kevin Ríos, es delivery en moto y trabaja en la zona de Bernardino Rivadavia, el mismo día de la marcha contra la inseguridad, mientras la protesta se desarrollaba en el centro de la ciudad, fue asaltado en moto y le sacaron la mochila de trabajo. “Es un disparate”, resumió, y contó que conoce a varios compañeros de reparto que directamente dejaron de salir a trabajar de noche por temor a sufrir lo mismo.
Los reclamos
Casi todos los consultados coincidieron en la sensación de que la respuesta policial llega tarde o directamente no llega. El reclamo principal es una presencia policial real en los barrios, más cámaras de seguridad y mejor iluminación, además de un sistema judicial que no libere con tanta rapidez a quienes ya acumulan antecedentes.
Carolina Morales, dueña de un kiosco en la calle Rivadavia, en pleno centro, baja la persiana media hora antes de lo habitual tras sufrir dos intentos de robo. Morales fue en la misma línea y remarcó que el problema no se resuelve únicamente con mano dura: “la policía no responde y los chicos chorros saben que no les pasa nada”, señaló.
El reclamo por penas más severas para los reincidentes es la parte más repetida. Acosta, el taxista, pidió que la reincidencia impida una excarcelación a las pocas semanas de la detención, y sumó una demanda salarial, sostuvo que hacen falta más policías en la calle, pero con mejores sueldos, para garantizar un compromiso genuino con la tarea. Fernández, plomero de Batán, propuso directamente una declaración de emergencia, la incorporación de fuerzas federales y el cumplimiento íntegro de las condenas para los reincidentes, pidió controles en los accesos a los barrios y más móviles policiales dedicados específicamente a perseguir a los motochorros.
Varios testimonios coincidieron, además, en que la seguridad no se resuelve solo con más control. Tanto Vargas como Morales remarcaron la necesidad de generar propuestas para los jóvenes de los barrios, en la convicción de que buena parte del problema no se soluciona sin una intervención. “Muchos están perdidos”, planteó Morales.
La otra cara
No todos los vecinos consultados depositaron su expectativa en la respuesta institucional. Miguel Ángel cuestionó el impacto real de las marchas y de cualquier reclamo similar. Consideró que, pese a los incidentes registrados frente a la Jefatura, terminó siendo el vecino quien quedó expuesto como el violento de la jornada, mientras ningún funcionario dio la cara. Extendió esa crítica a la dirigencia política en su conjunto, sin distinción de signo partidario, al sostener que quienes tienen poder de decisión podrían intervenir “aunque sea para decir basta”, pero no lo hacen porque, a su entender, “no conviene gastar en la vida del vecino”.
Acosta, en cambio, sí depositó parte de la responsabilidad en la conducción provincial. Tras haber participado de la última movilización, describió el enojo que percibió entre los manifestantes y consideró que le corresponde al gobernador Axel Kicillof y a las autoridades de mayor rango hacerse cargo de la situación, aunque advirtió que, de no haber respuestas, los propios vecinos podrían verse obligados a organizarse por su cuenta.
Eduardo Fernández, es jubilado y vive en su casa en el barrio Libertad desde hace 40 años, con miedo al igual que muchos. Dice que vivió de todo, pero “nunca como ahora”, y describe, tratando de ponerle algo de gracia al asunto, una rutina de doble, triple, y cuádruple llave que igual no alcanza. “¿Yo que puedo hacer si me entran?”, y muestra las manos.
El miedo es peligroso dice, “eso es jodido, por que la gente cuando tiene miedo salta para cualquier lado”.
