el Retrato recorrió la procesión y la feria de San Cayetano, donde fieles y feriantes coincidieron entre pedidos de trabajo, agradecimientos y ventas que ayudan. El sol acompañó como hacía tiempo no ocurría.
Antes y después de la misa central, el Retrato caminó entre la fila para entrar a la parroquia de Moreno al 6700 y los puestos de la feria que crece cada 7 de agosto alrededor del santuario. Ahí, entre las espigas y las banderas, fieles y feriantes compartieron la sensación de un año difícil, atravesado por la falta de trabajo, que este viernes al menos tuvo la tregua de un sol que no se veía desde hacía una semana.
Los fieles
En la fila para entrar a la parroquia, Gerardo Torres esperaba con la calma, hace 15 años que no falta a la cita. “Vengo a agradecer todos”, contó, aunque aclaró que también reza “para los más necesitados”. Torres vinculó la necesidad de pedir con el momento del país, que “está medio bajo todo, por la mala dirigencia”, y destacó que la convocatoria de este año superó a la del año pasado. “El clima nos dio una luz”, resumió.
Un poco más atrás, en la misma fila, Ezequiel Callegaro esperaba junto a su familia. Hace ocho o nueve años que viene a pedir “por la familia, por el techo, por el trabajo”, siempre lo mismo. A diferencia de Torres, notó una caída en la convocatoria: “vi un poco menos de gente que el año anterior”, señaló. Consultado por el contexto económico, no dudó: “está más complicado el trabajo. Hay mucha gente desocupada, sin laburo”, explicó.
Carina Villareal, en cambio, coincidió con la lectura de Torres sobre la cantidad de gente. Viene desde los 19 años, “todos los años, no fallo”, y este 2026 el motivo cambió: “en realidad este año vengo más a agradecer”, contó, aunque aclaró que sigue pidiendo “para que sigamos teniendo el pan en la mesa, y trabajo, para toda la familia”. Notó que este año vino “muchísima cantidad de gente”, describió, y coincidió en que “esta vez ayudó el clima también, que eso es importante”.
Las espigas, el símbolo que no falta
Entre los puestos, la espiga seguía siendo el producto más buscado. Alberto, que grita “¡espigas, espigas!” desde temprano, lleva “una pila de años” viniendo a la convocatoria. “Hasta ahora viene floja”, admitió respecto a las ventas, aunque confió en que el movimiento crecería después que termine de trabajar la gente, a eso de las 5 de la tarde. El ramo de siete espigas con estampa incluida se vendía a $2.000.
Casi al lado, Matías Giacchi, que viene desde hace tres años, hacía un balance similar: “la venta fue pausada, bastante pausada”, detalló, aunque calculaba haber vendido entre 60 y 70 espigas hacia media tarde, al mismo precio que Alberto. Giacchi coincidió en que el evento fue de menos a más: “hay bastante más gente que hoy temprano”, señaló.
La feria, “un empujoncito” en un año difícil
La celebración religiosa tiene, desde hace años, su correlato comercial. Alrededor del santuario se arma una feria que este viernes reunió a decenas de puestos. Para varios de los feriantes, la fecha funciona como un respiro económico en medio de un año que describen como flojo.
Es el caso de quien atiende el kiosco Abuela Armonía, que abrió sus puertas justo este 7 de agosto casi de casualidad. La apertura estaba planeada para el día anterior, pero no llegaron a tiempo.
La coincidencia tuvo, además, un condimento familiar, ya que el local lleva el nombre de su abuela, una vecina reconocida del barrio que cumple años el mismo 7 de agosto. “No paramos, la verdad. Vino mucha gente, se está vendiendo muy bien”, celebró, con el local abierto de 8 a 21.
Fernanda López, que reparte su semana entre distintas ferias y la venta por redes sociales, vende bijouterie y llegó al puesto de manera improvisada. La avisaron la noche anterior porque una vecina no podía ocupar su lugar. “Todo suma, olvidate, yo no dudé”, resumió y aclaró que la venta venía “tranquila”.
Con más rodaje en la feria, Miranda, de la marca @desigualmdp, remarcó el contraste con años anteriores: “siempre nos toca el tema de la lluvia, pero hoy es un día hermoso”, festejó. Hace cuatro años que participa y aseguró no tener quejas: “tengo un público que me es fiel”, afirmó. La feriante agregó que la jornada también atrae a vecinos que no suelen frecuentar este tipo de eventos.
María del Valle, que vende ropa de campo y no tiene local propio, coincidió en el alivio climático: “el año pasado fue un desastre por el viento y la lluvia. Por lo menos hoy está acompañando”, comparó. Para ella, la feria es “una ayuda enorme” en un año donde, según describió, “las ventas están muy tranquilas” en todos los rubros.
Entre las espigas que se agotaban de a poco, y los puestos que por primera vez, o por tercera, o por cuarta vez, probaban suerte en la feria, San Cayetano volvió a mostrar ese cruce que lo define: un pedido colectivo de trabajo dicho de mil formas distintas.
