Hay fechas que permanecen grabadas para siempre en la memoria de un país. El 29 de julio de 2000 es una de ellas. Aquella tarde, la noticia recorrió la Argentina y el mundo con la velocidad de un rayo: el doctor René Gerónimo Favaloro, el médico que revolucionó la cirugía cardiovascular con el desarrollo del bypass coronario y que había salvado millones de vidas de manera directa e indirecta, había decidido poner fin a la suya.
La versión oficial describió una escena tan estremecedora como meticulosa. Lavó su cuerpo, se afeitó cuidadosamente el rostro, se colocó su ropa de dormir y dejó siete cartas sobre una mesa. Luego caminó hasta el baño, escribió una última nota en el espejo y observó por última vez su reflejo. Tomó un arma de fuego y, con la precisión que lo había convertido en uno de los cirujanos más admirados del planeta, efectuó un disparo que atravesó su corazón.
Aquella fue la explicación judicial de su muerte.
Pero para millones de argentinos nunca alcanzó con decir que René Favaloro se suicidó. La verdadera historia comenzaba mucho antes de aquel disparo y estaba escrita con años de sacrificio, desesperación y una lucha desigual contra un sistema que él mismo denunció como profundamente corrupto.
Favaloro jamás entendió la medicina como un negocio. Desde su paso por Jacinto Aráuz, aquel pequeño pueblo de La Pampa donde ejerció durante doce años como médico rural, hasta la creación de la Fundación Favaloro, toda su carrera estuvo atravesada por una misma convicción: la salud debía estar al servicio de las personas y no del dinero.
Mientras su prestigio crecía en los principales centros médicos del mundo, en la Argentina elegía regresar para formar profesionales, investigar y atender pacientes sin hacer diferencias entre quienes podían pagar y quienes no. Esa decisión, que lo engrandeció como ser humano, terminó colocándolo frente a una realidad económica cada vez más asfixiante.
A comienzos del año 2000, la Fundación Favaloro atravesaba una crisis financiera dramática. Millonarias deudas que distintos organismos mantenían con la institución comprometían su funcionamiento cotidiano. Entre ellas se encontraba una importante acreencia del PAMI, cuyos pagos demorados agravaban aún más una situación que parecía no tener salida.
Con el correr de los años también trascendieron denuncias públicas y testimonios que señalaban que para acelerar determinados pagos existían pedidos de comisiones ilegales o intermediaciones políticas. Favaloro jamás aceptó ese mecanismo.
Para él no existía negociación posible cuando estaban en juego los principios éticos que habían guiado toda su vida. Prefería enfrentar la ruina antes que acceder a un circuito de corrupción para cobrar dinero que legítimamente pertenecía a la Fundación.
Mientras tanto, la angustia crecía día tras día. Los números ya no cerraban. La posibilidad de despedir a cientos de trabajadores dejaba de ser una hipótesis para convertirse en una decisión inminente. Aquella institución levantada con décadas de esfuerzo estaba al borde del colapso.
Fue entonces cuando el hombre admirado en todo el planeta comenzó a hacer algo que le resultaba insoportable: pedir ayuda.
Escribió cartas de puño y letra a empresarios, dirigentes, amigos, funcionarios y referentes de distintos sectores. También envió una carta al entonces presidente Fernando de la Rúa solicitando una intervención que permitiera salvar la Fundación. La respuesta nunca llegó.
Cada carta representaba una derrota íntima para quien jamás había pedido nada para sí mismo. No buscaba privilegios. Sólo pretendía mantener abierta una institución que salvaba vidas todos los días.
Tras su muerte, la familia autorizó la difusión de varias de las cartas que dejó escritas. Allí aparece un Favaloro desconocido para la opinión pública: un hombre quebrado por la impotencia, profundamente solo y convencido de que la honestidad se había convertido en una carga imposible de sostener.
En una de ellas escribió:
“En este último tiempo me he transformado en un mendigo. Mi tarea es llamar, llamar y golpear puertas para recaudar algún dinero que nos permita seguir con nuestra tarea.”
Más adelante confesó:
“Soy un mendigo. No tengo paz a esta altura de mi vida.”
Y añadió una frase que resume el peso que cargaba sobre sus hombros:
“Estoy pasando uno de los momentos más difíciles de mi vida.”
Pero las palabras que más conmovieron al país fueron las que reflejaban su desencanto con la realidad argentina.
“Es indudable que ser honesto, en esta sociedad corrupta tiene su precio. A la corta o a la larga te lo hacen pagar. La mayoría del tiempo me siento solo”, escribió en una de sus últimas cartas.
Luego dejó una reflexión que, veintiséis años después, continúa estremeciendo:
“En este momento y a esta edad terminar con los principios éticos que recibí de mis padres, mis maestros y profesores me resulta extremadamente difícil. No puedo cambiar, prefiero desaparecer.”
Y finalmente escribió una frase que muchos consideran el verdadero epitafio de su vida:
“Joaquín V. González escribió: ‘A mí no me ha derrotado nadie’. Yo no puedo decir lo mismo. A mí me ha derrotado esta sociedad corrupta que todo lo controla.”
Esas cartas no establecen por sí mismas una responsabilidad jurídica sobre terceros, pero constituyen un documento histórico de enorme valor. Revelan el estado emocional de un hombre que sentía que había agotado todos los caminos posibles para salvar la obra de su vida sin renunciar a sus convicciones.
Su muerte abrió un debate que aún hoy permanece vigente. ¿Puede una sociedad perder a uno de sus hombres más valiosos por no encontrar respuestas frente a la corrupción, la burocracia y el abandono? ¿Cuánto cuesta mantener la honestidad cuando el sistema parece premiar exactamente lo contrario?
A veintiséis años de aquella tragedia, René Favaloro continúa siendo mucho más que el creador del bypass coronario. Es el símbolo de una medicina con rostro humano, de la ética como forma de vida y del compromiso con los más vulnerables.
Su corazón dejó de latir aquella tarde de julio del año 2000. Sin embargo, su legado sigue latiendo en cada médico que entiende la profesión como un servicio, en cada estudiante que aprende su historia y en cada argentino que se resiste a aceptar que la honestidad tenga que pagarse con la derrota. Porque Favaloro no sólo dejó una revolución científica: dejó una lección moral que el país todavía tiene la obligación de honrar.
