Hay frases que no se recuerdan con la cabeza, se recuerdan con la sangre. Cuando esta mañana te levantaste con ese eco resonando en la memory —“Se levanta a la faz de la Tierra una nueva y gloriosa Nación”— no estabas recreando un renglón escolar. Estabas sintonizando una frecuencia que hoy, más que nunca, urge volver a escuchar.
Es el grito de un país que se resiste a ser borrado de la historia.
Hoy nos quieren convencer de que la Patria es un concepto obsoleto y que la soberanía es una moneda de cambio. Bajo el argumento del “alineamiento incondicional” con Washington y Londres, el gobierno de Javier Milei avanza en una entrega silenciosa pero letal de nuestros recursos estratégicos.
La entrega del mapa: El mar, los ríos y nuestras islas
La entrega ya no se hace con invasiones ruidosas; se hace con firmas en despachos a puertas cerradas. El desarme de nuestra soberanía marítima, fluvial y territorial es flagrante:
La entrega de nuestros ríos: Permitir el desembarco del Ejército de los Estados Unidos en la Hidrovía del Río
Paraná es regalar la llave de paso de toda la riqueza que produce nuestra tierra.
La entrega del Atlántico Sur: Tratar al Mar Argentino como un “bien común global” en acuerdos con la Cuarta Flota norteamericana no es cooperación; es claudicación. Es despejarle el camino a las potencias aliadas de Inglaterra para consolidar su presencia en la región.
La base en Ushuaia: Presentar una base militar conjunta con EE.UU. en Tierra del Fuego como un “paso para recuperar Malvinas” es una burla histórica. Es meter al zorro en el gallinero a cuidar la puerta de la Antártida.
Mientras tanto, en el continente, el gobierno desmantela la salud, desfinancia la educación pública hasta dejarla en el hueso, y pisa la justicia social. Nos proponen un país sin Estado, donde el que no se puede salvar solo, simplemente sobra. Pero la identidad de un pueblo no se liquida por decreto. A veces, la verdad más profunda de lo que somos se filtra por las grietas más inesperadas.
El trapo en la tribuna: El fútbol le recuerda al poder quiénes somos
Hace poco, en un estadio de fútbol, la gente volvió a hacer lo que el poder formal intenta censurar. Un trapo gigante, una bandera de Malvinas desplegada en la tribuna, desafió las directivas del silencio.
Ese trapo no era solo tela y pintura; era un acto de insurrección cultural. En tiempos donde desde el gobierno se desmalviniza la agenda oficial y se rinde pleitesía a los intereses angloamericanos, el tablón dictó sentencia. Las tribunas recordaron lo que los despachos oficiales quieren olvidar: que Malvinas es una herida abierta, un orgullo irrenunciable y una causa colectiva.
Ahí, en el corazón del cemento, el fútbol dejó de ser un simple negocio de sociedades anónimas —ese viejo anhelo privatizador— para volver a ser lo que siempre fue: un ritual comunitario. Un espacio donde el “nosotros” le
gana al “yo”.
El Estado: La voluntad superior del ciudadano
Ese trapo en la cancha expuso una gran verdad política: el Estado no es una “asociación criminal” ni un enemigo a destruir. El Estado es, en su máxima expresión, la voluntad superior del ciudadano organizada para defender lo común.
Cuando el gobierno deserta de sus funciones básicas —abandonando los hospitales, desmantelando las escuelas y rifando el control de nuestros mares y ríos— no está achicando un gasto; está amputando la herramienta que el pueblo construyó para garantizar su propia dignidad y supervivencia. Sin Estado, no hay soberanía; solo queda una selva donde el extranjero extrae lo que quiere y deja la tierra arrasada.
El despertar de la lucha popular
La frase del Himno que te despertó esta mañana es un llamado a las armas espirituales de nuestro pueblo. La “nueva y gloriosa Nación” no se levantó de rodillas ni pidiendo permiso; se levantó rompiendo cadenas.
La salida a esta noche neoliberal no va a venir de un milagro individual, sino de la lucha popular. De la organización en los barrios, de la resistencia de los trabajadores, de los estudiantes defendiendo las aulas, y de cada ciudadano que se niega a cambiar su bandera por espejitos de colores.
Es hora de sacudirse el letargo. Si una bandera en una tribuna pudo desafiar el relato oficial, poner al Estado en su lugar y recordarnos quiénes somos, imaginen lo que puede hacer un pueblo entero movilizado en la calle
defendiendo su destino.
Que esa frase de nuestro Himno deje de ser un recuerdo lejano y vuelva a ser bandera. No somos una colonia. Somos Argentina. Andá y decilo fuerte: es hora de volver a levantarnos ante la faz de la Tierra.
