El uso del teléfono celular en las escuelas vuelve a instalar un debate que, para muchos especialistas, no debe centrarse en estar a favor o en contra de la tecnología, sino en definir cuándo y cómo incorporarla al proceso educativo. La discusión, sostienen, pasa por privilegiar el desarrollo integral de los estudiantes.
Mónica Lence, ex titular del Consejo Escolar de General Pueyrredón fijó su postura a través de una nota hecha llegar a el Retrato , y en la que señala textualmaente:
Cada vez que se plantea el debate sobre el uso del celular en la escuela, pareciera que hay que elegir entre estar a favor o en contra de la tecnología.
Personalmente, creo que ese no es el verdadero debate.
La tecnología no es el problema; el problema es el momento en que la incorporamos y la forma en que decidimos utilizarla.
En la escuela primaria el uso del celular debe estar prohibido. Ni por capricho ni por creer que el celular sea malo en si mismo, sino porque la infancia es una etapa de formación irremplazable.
Allí se construyen los procesos básicos del pensamiento y del aprendizaje: la atención, la memoria, el lenguaje, la capacidad de observar, de preguntar, de resolver problemas y de sostener el esfuerzo.
También es el momento en el que los niños aprenden a convivir, a esperar, a compartir, a frustrarse, a jugar, a trabajar con otros y a construir vínculos.
Esas experiencias necesitan tiempo, presencia y contacto humano. Y ninguna pantalla puede ni debe reemplazar ese proceso.
Muchas veces creemos que incorporar un celular al aula significa modernizar la educación.
Yo no lo veo así. La verdadera innovación no consiste en sumar dispositivos, sino en lograr que los alumnos aprendan más y mejor.
Si una herramienta favorece ese objetivo, bienvenida sea. Pero si distrae, fragmenta la atención o dificulta la construcción de los vínculos, entonces deja de ser un recurso pedagógico para transformarse en un obstáculo.
En la escuela secundaria el desafío es diferente. Allí debemos formar jóvenes capaces de desenvolverse en un mundo atravesado por la tecnología, con pensamiento critico.
Pero eso no significa que el teléfono celular tenga que ocupar un lugar central dentro de la institución. Existen otros soportes tecnológicos, computadoras, plataformas educativas, laboratorios digitales, pizarras interactivas, que permiten enseñar competencias digitales de manera planificada y con objetivos pedagógicos claros.
Al mismo tiempo, la escuela secundaria debería profundizar algo que hoy resulta indispensable: la formación en lo humano.
Enseñar a dialogar, a escuchar, a debatir con respeto, a trabajar en equipo, a construir acuerdos, a desarrollar empatía, pensamiento crítico y responsabilidad.
También enseñar cómo relacionarse con la tecnología, cómo usarla de manera inteligente, cómo verificar la información, cómo cuidar la privacidad, cómo reconocer los riesgos de la sobreexposición y cómo hacer un uso responsable de las redes sociales y de la inteligencia artificial.
Es decir, formar ciudadanos capaces de dominar la tecnología y no personas dominadas por ella.
Creo profundamente que la escuela debe preparar a los estudiantes para el mundo que les toca vivir.
Pero prepararlos no significa entregarles un celular desde pequeños, sino ayudarlos a desarrollar primero las capacidades intelectuales, emocionales y sociales que les permitan utilizar cualquier herramienta con criterio.
Porque la tecnología cambia constantemente; lo que no cambia es la necesidad de formar personas que piensen, que convivan, que sean capaces de aprender durante toda la vida y que nunca pierdan el valor del encuentro con el otro.
