Hay alegrías que trascienden el resultado de un partido. Hay victorias que, por un instante, logran dejar de lado las preocupaciones cotidianas, las cuentas por pagar, la incertidumbre y las dificultades que atraviesan miles de familias. El triunfo de la Selección Argentina frente a Egipto fue una de esas historias capaces de unir a un pueblo entero detrás de una misma emoción.
Los minutos finales del encuentro se vivieron con el corazón en la boca. Las manos enlazadas en posición de rezo, los tradicionales cuernos apuntando hacia la pantalla, las miradas fijas esperando el pitazo final del árbitro francés François Letexier.
Nadie se animaba a festejar antes de tiempo. El silencio, cargado de tensión, parecía apoderarse de cada casa, cada bar y cada rincón donde había un televisor encendido.
Hubo también de aquellas personas que optaron por encender saumerios, palo santo y agua bendita de la Gruta de Lourdes con la que mojaron y ahumaron la pantalla de la TV tratando de revertir el 0/2 y que “enchufara a Messi hasta ese momento errático.
Los goles de Romero, Messi y Fernández abonarían sus creencias a límites inconmensurable, con promesas de volver a repetirlo ante cada encuentro de la albiceleste.
Y entonces llegó ese instante tan esperado. El silbato sonó y todo explotó. Las lágrimas brotaron de manera espontánea, los abrazos se multiplicaron y los gritos de desahogo retumbaron no solo en el Mercedes-Benz Stadium, sino también a lo largo y ancho de la Argentina y, paradójicamente, en distintos rincones del mundo donde late un corazón celeste y blanco.
La tecnología permitió que la emoción viajara en cuestión de segundos. Las redes sociales comenzaron a inundarse de imágenes y videos llegados desde los lugares más diversos. Desde Carlos Tejedor, en el interior bonaerense, hasta Alcudia, en Mallorca, donde una enorme colonia de argentinos, muchos de ellos marplatenses, copó las calles para celebrar con banderas, cánticos y bocinazos ese inmenso orgullo de ser bien criollos. La distancia desapareció por un rato y todos parecían formar parte de una misma plaza.
En Mar del Plata, la historia no fue diferente. Apenas terminó el partido, miles de personas comenzaron a transitar hacia el tradicional punto de encuentro de las grandes celebraciones: la Plaza San Martín. Familias enteras, grupos de amigos, chicos envueltos en la bandera argentina y turistas que eligieron la ciudad para pasar unos días se mezclaron en una fiesta inolvidable.
En apenas unos minutos, la plaza quedó completamente colmada. El celeste y blanco dominó el paisaje. Sonaban bombos, redoblantes, bocinas y canciones que ya forman parte del ADN futbolero argentino. La felicidad se reflejaba en cada rostro. Había abrazos entre desconocidos, lágrimas de emoción y sonrisas que parecían dejar en pausa, aunque fuera por un momento, las dificultades de todos los días.
Porque no son tiempos sencillos.
Muchos argentinos atraviesan situaciones económicas complejas, hacen esfuerzos enormes para llegar a fin de mes y conviven con preocupaciones que no desaparecen con un resultado deportivo. Sin embargo, el fútbol volvió a demostrar esa capacidad única de regalar un respiro, de ofrecer un motivo para celebrar y de recordar que la esperanza también puede vestirse de camiseta.
El festejo se prolongó durante largas horas. Nadie quería regresar a su casa. Las banderas argentinas flameaban junto a las de clubes de todo el país y también aparecían las de las instituciones marplatenses, reflejando que la pasión por los colores propios no impide unirse detrás de la Selección cuando llega el momento.
Por una noche no hubo diferencias, edades ni distancias. Solo existió un sentimiento compartido. El triunfo ante Egipto volvió a demostrar que cuando juega la Selección Argentina el país entero encuentra un punto de encuentro. Y en medio de una realidad difícil, ese abrazo colectivo, esas lágrimas de felicidad y esa inmensa celebración popular valieron mucho más que una clasificación: fueron una inyección de esperanza para un pueblo que nunca deja de creer.

