Chef marplatense con raíces en Cabo Verde, hoy con el corazón dilvidido por el Mundial

Gustavo Javier Duarte viajó a Cabo Verde para rastrear el origen de su abuelo, inmigrante llegado a Argentina en 1914, y terminó quedándose ocho años. Trabajó como chef ejecutivo en cuatro hoteles de una cadena alemana, cocinó junto a Lamin Medina, chef de la selección caboverdiana que disputa el Mundial y aprendió las costumbres. Hoy vuelve a Mar del Plata, a la misma casa que su abuelo levantó en la década del treinta bajo el sistema solidario “Junta Mão”.

Antonio Duarte había dejado el archipiélago atlántico en 1914 rumbo a Argentina, y el silencio familiar hizo el resto. Décadas después, Gustavo Javier Duarte, el nieto, sintió el impulso de ir a buscar su origen. Se tomó un mes de vacaciones, viajó, encontró los documentos de nacimiento de su abuelo y decidió tramitar la nacionalidad. “Solamente por orgullo, por las raíces y por la sangre”, describe.

Volvió a Argentina, esperó dos meses y regresó a las islas con la intención de quedarse. Lo que empezó como una búsqueda genealógica derivó en ocho años de vida cotidiana, dialecto criollo incorporado y cuatro hoteles de una cadena alemana bajo su mando como chef ejecutivo. La permanencia fue una elección natural que se fue renovando sola.

La morabeza

La primera impresión fue la cadencia del lugar. Cabo Verde, explica Urralde, tiene una palabra para describirla que resiste la traducción: morabeza, la forma de recibir a quien llega de afuera aunque no hable el idioma ni conozca a nadie. “La impresión es que yo entraba a una casa con gente que conozco. Son muy abiertos, muy tranquilos, muy pacíficos”, relata.

Esa hospitalidad convive con una economía ajustada. El salario básico no supera los 140 euros mensuales, pero el modelo de vida colectiva, donde varias generaciones viven bajo un mismo techo, permite a las familias sostenerse. Existe aún la libreta del almacén. “Confían mucho en sacar todo con la libretita. Van, anotan y lo primero que hacen es pagar sus deudas cuando cobran”, recuerda Urralde.

Cabo Verde se independizó de Portugal en 1975, pero la ausencia de producción industrial lo mantiene atado a las importaciones de la ex metrópoli. El turismo, la pesca y la agricultura familiar son los pilares de lo que Urralde llama, con admiración, una microeconomía que funciona a su manera.

La Cachupa, el Grogue y las noches argentinas

En los hoteles, Urralde orientó su trabajo hacia la cocina fusión. La gastronomía tradicional caboverdiana ya tenía sus propios espacios, pero él aprendió esa cocina en profundidad, sobre todo a través de un ingrediente que lo define todo: la leña. Sin gas natural, los caboverdianos cocinan en ollas grandes sobre fuego de madera, y el tiempo y la lentitud quedan incorporados en los sabores.

El plato insignia es la Cachupa, un guiso de porotos y carne de cerdo o pescado que hierve durante horas y al que le otorgan una segunda vida al día siguiente. “Al otro día se le saca toda la sopa, que es riquísima para tomar, y se come a las 10 de la mañana como desayuno. A esa hora es la comida principal en todo Cabo Verde”, detalla Urralde.

La tradición oral vincula la palabra con el chup chup, el sonido que hace la preparación mientras hierve lento en la olla. La bebida que la acompaña, o que se consume sola, a cualquier hora, es el Grogue, un destilado de caña de azúcar cuyo nombre deriva de las casacas que usaban los capitanes ingleses que recalaban en las islas.

En ese entorno, Urralde también impuso las Noches Argentinas en el restaurante Nautilus, de un empresario italiano, donde el hotel cerraba para servir un menú exclusivamente argentino. Fue en ese circuito donde conoció a Lamin Medina, hoy chef de la selección caboverdiana que participa en el Mundial: “En una de las islas donde estuve tiene un restaurante que se llama Pal. Ahí fue el contacto”, recuerda.

 

Fútbol, Mundial y corazón partido

El fútbol en Cabo Verde se profesionalizó cuando el país debutó en la Copa Africana, pero el conocimiento futbolístico es antiguo. La influencia portuguesa formó generaciones de seguidores que conocen de memoria planteles y nombres. “Saben muchísimo de fútbol. Se paran en la plaza, ponen un televisor grande y miran los partidos, son muy fanáticos”, describe Urralde.

Cuando Argentina salió campeona en Qatar, él estaba en las islas. La reacción caboverdiana fue de abrazo colectivo. Ahora, con Cabo Verde en el Mundial y la posibilidad de cruzarse con la selección argentina, Urralde admite la contradicción con humor: “Todavía no sé por quién voy a hinchar, porque tengo nacionalidad caboverdiana y mi corazoncito está ahí. Para mí es un orgullo que se haya visibilizado Cabo Verde”. Y lanza un pronóstico: “Por lo menos le pongo una fichita a que Messi le tenga que patear un penal a Vozinha después del alargue”.

Seguridad, lengua y recomendaciones para viajeros

Cabo Verde es una economía modesta, pero la delincuencia es baja. Urralde durmió ocho años con la ventana abierta. “Si alguien se olvida una gorra en el paredón entre pueblito y pueblito, ahí queda. Las plantas de papaya están al borde de la carretera, cada uno es dueño de su planta y nadie saca una que no sea suya. No hay alambrados”, enumera. Los focos de inseguridad que existen se concentran en ciudades como Mindelo y están asociados al alcohol barato o a las drogas, no a la necesidad económica. “La gente es muy derecha. Nunca corrí peligro en 8 años”, afirma.

El idioma, en cambio, sí demanda esfuerzo. El criollo caboverdiano mezcla portugués con dialectos africanos y varía entre el norte y el sur del archipiélago. Las islas del norte, con influencias francesas, inglesas, alemanas y judías, tienen un criollo más suave, y las del sur, marcadas por otras tribus africanas, lo hablan de forma más gutural. No se considera idioma oficial porque lo hablan menos de un millón de personas. La población ronda los 560.000 habitantes, menos que Mar del Plata.

Para quien quiera viajar, Urralde diferencia tipos de turismo. Las islas planas del sur, como Boa Vista y Sal, tienen arena clara, hoteles all inclusive y playas para el descanso convencional. Pero quien busca “el país real”, señala, debe ir al norte: “San Vicente tiene movida de música, arte y un carnaval grandísimo. Santo Antão es ideal para el trekking. Para mí, ese es el verdadero Cabo Verde”.

La comunidad caboverdiana en Mar del Plata y la casa del abuelo

Lo que cierra el círculo de la historia de Urralde no está en el Atlántico sino a pocas cuadras del mar marplatense. La casa donde vive hoy fue construida en la década del treinta por su abuelo junto a otros caboverdianos, bajo el sistema Junta Mão (manos juntas), una práctica de trabajo solidario sin remuneración, donde la comunidad edificaba para uno de sus miembros sin cobrar nada a cambio.

La presencia caboverdiana en Mar del Plata tiene historia documentada. Los primeros guardavidas de la ciudad, contratados por la Prefectura, eran caboverdianos, uno de sus episodios más conocidos es el rescate del pintor Molina Campos. En la comunidad actual menciona nombres concretos: el guitarrista conocido como el Negro Martínez, el baterista Juan Pablo Santiago y el profesor Pedro Rivero, todos descendientes de aquellos inmigrantes.

Volvió a Mar del Plata para visitar a su madre, que ya tiene algunos años, y se quedó. Extraña Cabo Verde con precisión: la morabeza, el criollo, el ritmo. Pero la casa del abuelo lo ancló. Si los planes se cumplen, el año próximo viajará de regreso para una boda. “Como hablo el idioma y conozco a la gente, es maravilloso”, dice. Pese a ese amor incondicional a sus raíces, cuando se le pregunta sobre cuál costa prefiere, la caboverdiana o la marplatense, no duda: “El paseo costero de nuestra ciudad es el más bello en el que he estado. Mar del Plata tiene algo muy especial”.