Del horror de una epidemia al orgullo de un oficio: por qué el 15 de mayo es el Día del Trabajador Sanitarista

Una fecha que no nació en un despacho sino en las calles de Buenos Aires, cuando la ciudad aprendió de la peor manera que el agua es una cuestión de vida o muerte.

Corría el verano de 1871 cuando Buenos Aires empezó a morirse. La fiebre amarilla llegó sin anunciarse, se instaló en los barrios del sur y no paró hasta haberse cobrado una cifra que todavía estremece: en pocos meses, la epidemia causó la muerte de aproximadamente el 8% de los habitantes de la ciudad. En los peores días, llegaron a morir más de 500 personas por día en una ciudad que en condiciones normales registraba veinte muertes diarias. Los cementerios colapsaron. Las calles se vaciaron. Quienes podían, huían.

La catástrofe dejó una lección brutal pero definitiva: sin agua potable y sin saneamiento, una ciudad no puede existir. A partir de la epidemia, las autoridades y la población tomaron conciencia de la urgencia de establecer una solución integral al problema de la obtención y distribución de agua potable.

La respuesta no tardó: se constituyó la Comisión de Aguas Corrientes y en 1873 se iniciaron activamente los trabajos trazados en el marco del Plan Bateman, un proyecto integral de abastecimiento y saneamiento urbano diseñado por el ingeniero inglés John Frederick Bateman, contratado por el presidente Domingo Faustino Sarmiento. El plan contemplaba separar definitivamente el agua potable de las aguas servidas y abastecer a una ciudad que no dejaba de crecer.

15 de Mayo: Comienza la primera obra sanitaria

El momento fundacional llegó el 15 de mayo de 1874. Ese día se colocó la piedra fundamental de la Planta de Purificación y Potabilización de Recoleta, en Buenos Aires, considerada la primera obra de salubridad del país. Una fecha que con el tiempo se convertiría en la conmemoración de todos los que eligieron este oficio.

Cada 15 de mayo, entonces, no se celebra un decreto ni una firma institucional. Se recuerda el momento en que la Argentina decidió, después de una tragedia, que el acceso al agua limpia era una obligación colectiva y no un privilegio. Que había que construir la infraestructura que lo garantizara. Y que esa tarea requería trabajadores dispuestos a sostenerla todos los días, sin excepción.

Más de 150 años después, ese compromiso sigue vigente. En Mar del Plata, como en cada ciudad del país, hay hombres y mujeres que heredaron aquella decisión y la ejercen a diario: en plantas, en redes, en laboratorios, en guardias nocturnas. El agua que llega a cada hogar tiene ese origen. Y tiene esa historia.