El Observatorio de la Deuda Social de la UCA cerró 2025 con un dato que resume una crisis estructural: el 53,6% de los niños y adolescentes argentinos son pobres. Desde el territorio marplatense, Rodrigo Hernández, licenciado en Trabajo Social e integrante del ISEPCI, advirtió en diálogo con el Retrato que los números nacionales no se traducen en ninguna mejora visible en los barrios populares de la ciudad.
El Barómetro de la Deuda Social de la Infancia que presentó esta semana la Universidad Católica Argentina cubre el período 2010-2025 y arroja un panorama que, pese a mostrar una leve mejora respecto de los años anteriores, sigue siendo alarmante. Al inicio de la gestión de Milei, la pobreza infantil alcanzaba al 62,9% de los menores de 0 a 17 años, bajó al 59,7% en 2024 y al 53,6% en 2025. La tendencia positiva, señala el propio informe, se explica por la desaceleración inflacionaria y la mejora en el valor de las prestaciones sociales.
Sin embargo, los datos cualitativos del mismo informe matizan ese optimismo. El 42% de los niños pobres vive en condiciones insuficientes de saneamiento. El 61,2% no tiene cobertura médica de ningún tipo. El 82% no realiza actividades culturales extraescolares. Solo la mitad tiene una computadora en el hogar y apenas el 16% accede a internet. El 18% presenta síntomas de tristeza o ansiedad (cifra que trepa al 24,7% entre las mujeres adolescentes) y la tristeza o ansiedad aumenta en un 46% la probabilidad de no aprender en la escuela. Solo el 6,3% de los escolarizados recibe algún tipo de ayuda económica para estudiar.
“Implosión, no explosión”
Rodrigo Hernández, que trabaja sobre el territorio en barrios populares de Mar del Plata y Batán junto al movimiento Libres del Sur y el ISEPCI, evalúa los datos nacionales desde la realidad local: “Nosotros no vemos ningún síntoma de mejoría de las condiciones sociales en los barrios populares de Mar del Plata y Batán, muy por el contrario, vemos una situación de muchísima preocupación en las expectativas de cómo van a ser los próximos meses”.
El especialista introdujo un concepto que describe el estado social actual: “La gente está para adentro de sí misma, empezando a saltear comidas, quizás generando algunos esquemas en donde la respuesta es achicar”. Ese achicamiento silencioso, sostuvo, deteriora la calidad de vida sin generar la visibilidad que generaría un estallido.
Jubilados en situación de calle y una indigencia que crece
Uno de los datos más alarmantes que aportó Hernández surge de la Mesa Social organizada por el Obispado de Mar del Plata, un espacio que reúne a cerca de 30 organizaciones que trabajan en el territorio. La situación de calle escaló de 120 a más de 140 personas en la ciudad, con la aparición del jubilado como figura de la calle. “Personas que trabajaron durante su vida y que hoy con lo que se les brinda a fin de mes no les alcanza para pagar el alquiler y empezaron a vivir en plazas o en los paradores”, describió. “Sacan los números oficiales del INDEC que hablan de que se reduce la pobreza, pero cuando cruzás los datos lo que está creciendo es la indigencia”.
Una crisis multidimensional
“Hay una constelación de problemas que están transitando hoy las familias en general”. El eje central, afirmó, es la relación entre ingresos y precios: “Se habla de una baja de inflación, que es cierto que se ha desacelerado el proceso inflacionario, pero la relación con el ingreso y el salario de una familia tipo se ha deteriorado al punto de ser deficitaria”.
En materia alimentaria, el especialista asegura que “estamos hablando de falta de proteínas, consumos de leche y carne de vaca. Estamos en los números más bajos de consumo desde el 2002”.
A eso se suma el desfinanciamiento concreto de programas e infraestructura, la Secretaría de Integración Socio Urbana, que tenía cerca de 70 obras activas en Mar del Plata, está hoy paralizada con fondos congelados. Los programas nacionales de alimentación que complementaban la nutrición en comedores y merenderos fueron dados de baja.
Recorte en los comedores
El caso del programa “Volver al Trabajo” ilustra la escala del problema. Su eventual eliminación afectaría a cerca de 19.000 familias en Mar del Plata, que dejarían de percibir recursos con los que compraban alimentos y sostenían el consumo en el comercio de barrio. “Eso afecta indirectamente al comercio de barrio y significa menos movilidad en el mercado interno”, explicó Hernández, aunque el impacto más inmediato es otro: “Hoy la mayoría de los comedores y merenderos de Mar del Plata han tenido que cerrar sus puertas o limitar las condiciones en las que venían atendiendo. Funcionan con la mercadería de la Provincia y con muchísima voluntad de familias que ponen lo que no tienen para poder asistir”.
Las consecuencias de la malnutrición infantil sostenida no son reversibles de forma espontánea, advirtió el especialista. La recuperación, afirmó, requiere intervención activa del Estado: “Si el Estado interviene en la economía y básicamente en la mejora del consumo de las personas en alimentación, a través de transferencias directas de dinero en programas de empleo, la gente vive mejor, come mejor, se siente más aliviada y puede estar en mejor relación con las instituciones educativas y de salud”. La otra cara de esa ecuación, completó, es igualmente clara: “Cuando todo eso no sucede, lamentablemente se llevan adelante delitos más graves y vínculos más violentos con la sociedad”.
