En los márgenes de la ciudad, donde el asfalto pierde protagonismo y la vigilancia se diluye, comienzan a acumularse las huellas más visibles de una inseguridad que no da tregua. Sobre el denominado “Camino viejo” que une Mar del Plata con Miramar, una ruta que luce como nueva, antes del cruce hacia Batán, al menos cuatro autos calcinados aparecen como testigos mudos de una secuencia delictiva que se repite: robo, desguace parcial y destrucción por fuego.
Dos de esos vehículos presentan señales recientes. El olor persistente, la carrocería aún ennegrecida y los restos dispersos en banquinas y descampados configuran una escena que, lejos de ser aislada, comienza a naturalizarse. Vecinos y conductores frecuentes describen el tramo como un “cementerio de autos”, una postal inquietante que expone el desenlace de muchos delitos cometidos en la ciudad.
El fenómeno no es nuevo, pero sí creciente. En distintas zonas periféricas, rutas, accesos rurales y barrios perisféricos, la aparición de vehículos incendiados se volvió “moneda corriente”. Estas unidades, en muchos casos, son robadas previamente y luego prendidas fuego de manera intencional para eliminar rastros o evidencias. La mecánica es conocida: piezas de valor como ruedas, baterías o partes del motor son retiradas y el resto del automóvil se descarta mediante el incendio.
Especialistas vinculan directamente este patrón con el incremento del robo automotor. Y las cifras respaldan esa percepción. Durante 2025, en el partido de General Pueyrredon se registraron alrededor de 5.415 robos vinculados a automotores, entre autos, motos y rueda, lo que equivale a un promedio cercano a 15 hechos diarios. En paralelo, los robos de autos crecieron un 35% respecto al año anterior, consolidando una tendencia en alza que preocupa tanto a autoridades como a vecinos.
Incluso algunos informes elevan el número total de vehículos sustraídos a más de 5.400 en un solo año, con picos concentrados en el último trimestre. Este crecimiento no sólo impacta en las estadísticas, sino que también se traduce en escenas concretas como las del “Camino viejo”: autos abandonados, quemados y olvidados.
La explicación detrás de estos incendios intencionales es, en muchos casos, funcional al delito. El fuego borra huellas, dificulta peritajes y desdibuja el origen del ilícito. En otros casos, incluso, puede encubrir maniobras de fraude o vandalismo, aunque el robo previo sigue siendo la hipótesis dominante.
Mientras tanto, la postal se repite. Los vehículos permanecen durante días o semanas sin ser removidos, generando además focos de contaminación y microbasurales. La falta de respuesta rápida refuerza la sensación de abandono y alimenta la percepción de que el delito no encuentra freno.
En ese contexto, los autos incendiados al costado del camino no son sólo restos materiales. Son la evidencia visible de una cadena delictiva que empieza en la ciudad, se fragmenta en la periferia y termina consumida por las llamas. Una señal de alerta que, lejos de disiparse, parece multiplicarse en cada tramo olvidado del mapa urbano.
