Mar del Plata pasó a ser de la “Ciudad de las oportunidades” a la “Ciudad del desalojo”

Mar del Plata parece reescribir por estos días una versión áspera y tangible de aquella lírica urbana que hablaba de furia y desolación. Pero aquí no hay metáforas: hay desalojos. Hay topadoras. Hay familias.

Mar del Plata que históricamente ha sido la “Ciudad de las oportunidades”, que abrazaba y cobijaba a todos los que llegaban en pos de un futuro mejor, ha pasado en este tiempo a ser la “Ciudad del desalojo”.

En las últimas horas, la Rambla amaneció distinta. Lo que hasta ayer era refugio precario, La Saladta, las estructuras improvisadas,  hoy es apenas un rastro de escombros. El operativo de desalojo y demolición avanzó sin pausa y dejó una postal que se repite cada vez con más frecuencia en distintos puntos de la ciudad.

El calendario no da respiro. Este miércoles está previsto el desalojo de la feria alimenticia ubicada en San Juan y Luro, un espacio donde decenas de trabajadores encontraron una salida en medio de la crisis. En paralelo, también se anticipa el desalojo de quienes trabajan en los hoteles turísticos de Chapadmalal, donde una 30 familias en una especie de comodato habitaban viviendas del lugar, y hoy el Gobierno pretende privatizar.

El argumento legal es claro: ocupaciones, especialmente las irregulares,  deben ser normalizadas. Sin embargo, la realidad social plantea preguntas más complejas. En una ciudad donde la desocupación alcanza niveles alarmantes, donde conseguir trabajo es cada vez más difícil y donde crece el número de personas durmiendo en la calle, los desalojos parecen resolver una parte del problema mientras agrandan otra.

¿Qué ocurre después?

Esa es la pregunta que sobrevuela cada operativo. Las familias a punto de ser desalojadas de Chapadmalal, y la de los feriantes de San Juan y Luro, los más de 200 trabajadores vinculados a la llamada “Saladita”, todos comparten un destino incierto. La posibilidad de relocalización, de contención o de alternativas concretas aparece, en el mejor de los casos, difusa.

La preocupación se amplifica ante lo que vendrá. Ya se menciona un próximo desalojo en la feria de Plaza Rocha, otro foco de trabajo informal que podría desaparecer en cuestión de días. La secuencia es clara y, para muchos, inquietante: espacios que se vacían, economías de subsistencia que se desarman y personas que quedan, literalmente, en la calle.

Mar del Plata, histórica ciudad de turismo y oportunidades estacionales, parece hoy tensionada entre la legalidad y la urgencia social. Ordenar el espacio público es una obligación del Estado, pero también lo es garantizar condiciones mínimas para quienes quedan al margen.

Mientras tanto, la ciudad sigue su curso, entre operativos y promesas. Y en cada desalojo, más que cerrar un capítulo, se abre una incógnita.