Motochorros, que cada día son más, siguen destrozando esfuerzos, sueños y esperanzas

Bronca mezclada con indignación, odio y dolor es lo que me atraviesa el espíritu y cuerpo por estos momentos.

El dolor del cuerpo pasará, pero este odio que me inunda seguramente tardará mucho en irse y hoy no me deja razonar con equilibrio. Quiero pensar que no todos son iguales, pero lo triste es que cada día son más.

Ellos, poco a poco, se van adueñando de Mar del Plata. Son los “motochorros” que circulan, atento a lo visto, con mayor impunidad a toda hora, sabiendo que de ser detenidos entrarán y saldrán de las Comisarías como si fueran un efectivo más.

Al mediodía de este miércoles 16 tres hechos similares se habían sucedido en un radio de no más de 15 cuadras. ¿Cómo se sabe esto?. Muy simple. Solo fue cuestión de pararse en las puertas de una dependencia policial elegida al azar y preguntarles al ciudadano de a pie que entra cuál es la razón de su presencia en el lugar: atacados por ellos en sus motos. No hay que hacer ningún procedimiento científico para saberlo.

Por supuesto las “estadísticas oficiales” minimizarán esta plaga que ataca sin que nadie las pueda frenar. Hoy, en vísperas de un verano prometedor, dirán que Mar del Plata no merece esta “publicidad”, razón por la cual “sugerirán” escasa o nula difusión.

Tenemos que esconder la basura bajo la alfombra, ante la mirada cómplice de una ¿Justicia? que solo defiende a los victimarios. Ellos tienen todas las garantías y derechos, y si son menores, más.

Aquel ciudadano de a pie que se joda.

Hay que respetar las garantías constitucionales de esos hijos de puta que destrozan sueños, esperanzas, y lo más paradójico, hay que agradecerles que no te hieran o te maten.

Mientras esto se sucede sin esperanza de cambio alguno, el Estado, ese que debe protegernos a todos, sigue mirando para otro lado. Siendo autistas con el dolor de quienes pagan sus impuestos, entre otras tantas cosas, para una sociedad libre de poder circular y que sea de todos. No de un minúsculo grupo de protegidos vaya a saber por quién.

Como si estuviera perfectamente delineado por alguna mente más que perversa, de a poco nos fueron encerrando tras las rejas de nuestras viviendas, nos quitaron la alegría de juntarnos con amigos, de disfrutar encuentros familiares. De ser felices.

Hoy soy un número más entre las víctimas cotidianas, entrando en el “ranking” de los que sufrieron en carne propia más de cuatro veces el ataque de esta delincuencia que se instaló ¿para quedarse? de una “Ciudad cada día está más Infeliz”.

Miguel Avellaneda

 

 

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