A más de un año del cierre del Aquarium de Mar del Plata, la situación de los 66 animales que aún permanecen dentro del predio comienza a definirse por una vía que, hasta ahora, no había sido contemplada formalmente: la donación. La alternativa surge en medio de la imposibilidad de concretar ventas en el exterior y bajo la creciente presión de los propietarios de las tierras, que debían ser restituidas completamente desocupadas el pasado 31 de marzo.
El giro quedó plasmado en las últimas actuaciones del expediente de quiebra de Plunimar S.A., la firma que operaba el parque. En una presentación del 23 de marzo, la propia empresa reconoció que inició gestiones para la relocalización de parte de la fauna “en carácter de donación” hacia distintas instituciones del país. Entre los destinos mencionados aparecen la Fundación Bubalcó, el Bioparque Batán y la Fundación Temaikén, entidades con experiencia en manejo y conservación de animales.
La mención no es menor: se trata de la primera vez que la donación aparece como una salida concreta dentro del proceso judicial. Hasta ahora, la estrategia principal había sido la comercialización de los ejemplares en mercados internacionales, en un intento por generar liquidez para afrontar las deudas. Sin embargo, esa vía encontró obstáculos cada vez más difíciles de sortear.
El propio escrito de la empresa admite que la venta al exterior “no ha sido descartada totalmente”, en particular en el caso de algunos pingüinos, pero reconoce que las operaciones están condicionadas por requisitos sanitarios y restricciones derivadas del brote de gripe aviar en Argentina. Ese contexto, en la práctica, bloqueó el ingreso de animales en varios países y terminó frustrando negociaciones avanzadas.
El cambio de escenario tiene su origen en el cierre del parque, concretado en marzo de 2025. Desde entonces, la empresa quedó sin ingresos y con la obligación contractual de devolver el predio sin animales, una condición que no logró cumplir. Con el plazo vencido y sin haber reubicado la fauna, Plunimar solicitó su propia quiebra como una medida de emergencia.
Durante los meses previos, la firma intentó transformar a los animales en activos comercializables. De hecho, llegó a concretar la venta de diez delfines a Egipto por 800.000 dólares. Pero el resto de las negociaciones no prosperó. Hubo ofertas desde México, China y Brasil, además de contactos con otros mercados, que finalmente no se tradujeron en operaciones concretas.
Mientras tanto, los animales siguen en el predio. Se trata de 62 pingüinos, de especies magallánica, rey y saltarroca, y cuatro lobos marinos de dos pelos, identificados como Ciro, Joaco, Nazareno y Mía. Según informes técnicos oficiales, todos se encuentran en buen estado sanitario, con parámetros compatibles con estándares de bienestar animal.
No obstante, ese dato no resuelve el problema central. Las autoridades provinciales dejaron en claro que la responsabilidad sobre la custodia, alimentación y atención de los ejemplares continúa en manos de la empresa o de quienes administren la quiebra. Es decir, los costos siguen corriendo en un esquema sin ingresos, lo que profundiza la presión económica.
A ese cuadro se suma el conflicto por el predio. Las tierras, ubicadas frente al mar y pertenecientes a la familia Peralta Ramos, debían ser entregadas libres de ocupación el 31 de marzo de 2026, algo que no ocurrió. El incumplimiento incrementa las tensiones en un escenario donde el futuro del lugar despierta fuerte interés inmobiliario.
En ese contexto, la permanencia de los animales se convirtió en un obstáculo concreto para cualquier avance sobre el terreno. Con proyectos en análisis y negociaciones en marcha, la falta de desocupación efectiva mantiene trabado el desarrollo de un activo considerado estratégico.
Así, la donación aparece como una salida posible frente a un callejón cada vez más estrecho. Sin embargo, tampoco se trata de una solución inmediata: cada traslado requerirá autorizaciones judiciales y sanitarias, además de la coordinación con las instituciones receptoras.
El caso expone una situación atípica dentro de un proceso de quiebra. A diferencia de otros activos, los animales no pueden liquidarse con facilidad ni permanecer indefinidamente en el lugar. Están en buen estado, pero sin destino definido. Y mientras las ventas se diluyen y los plazos se vencen, la donación comienza a perfilarse como la única alternativa viable para destrabar un conflicto que ya excede lo económico.
