Walter Rivero del SIVARA y su presencia en la calle, la función del sindicato y la lucha por un trabajo digno

En una ciudad atravesada por la estacionalidad, la informalidad y los vaivenes económicos, la venta ambulante se consolida como refugio y salida laboral para miles de personas. Al frente del Sindicato de Vendedores Ambulantes (SIVARA) , Walter Daniel Rivero encarna una historia que se repite en muchos: herencia familiar, aprendizaje en la calle y una militancia social que excede lo gremial. En entrevista con “el Retrato”, repasó su trayectoria, los desafíos del sector y las apuestas a futuro.

Una vida marcada por la calle

Walter Daniel Rivero no duda al contar su historia: nació en una familia de vendedores ambulantes. Su infancia estuvo atravesada por la dinámica de la calle, aprendiendo desde chico los códigos, los recorridos y el trato con la gente.

“Mi papá sostuvo a nuestra familia con la venta ambulante. Incluso fue delegado y participó en la Ordenanza que hoy regula la actividad”, recuerda.

El camino parecía trazado. Primero acompañando a su padre, luego formando su propia familia y saliendo a ganarse la vida por cuenta propia. No hubo otros trabajos: la venta ambulante fue siempre su mundo.

“Trabajé toda la vida en esto. En verano con pochoclos en la Rambla, después en la playa vendiendo churros, y durante el año recorriendo barrios con mercadería. La calle te forma, te enseña todo”, afirma con cierta nostalgia al remarcar que hoy extraña ese tiempo de su vida.

Esa experiencia, dice, le dio un conocimiento profundo del territorio y de la gente. Caminó barrios, villas, ferias y fiestas regionales, donde también probó suerte con emprendimientos gastronómicos más grandes.

Del rebusque al sindicato

El paso hacia la organización colectiva no fue inmediato. Durante años, la venta ambulante funcionó como un universo fragmentado, donde cada trabajador resolvía su día a día como podía.

“Es una profesión muy particular. Al principio la gente no creía en el sindicato. Pero fuimos creciendo, sumando agrupaciones, y hoy somos más de 700 afiliados”, explica.

Sin embargo, el universo real es mucho más amplio. Se estima que entre 1.500 y 2.000 personas viven de esta actividad en la ciudad.

El sindicato, aclara Rivero, “no otorga puestos de trabajo. Esa es una de las principales confusiones”.

“Nosotros no damos lugares. Los permisos los da el municipio. Lo que hacemos es ordenar, ser nexo y cuidar que la actividad no perjudique a los comerciantes”, sostiene.

En ese equilibrio delicado, buscan evitar conflictos: no permitir la venta de productos que compitan directamente con negocios establecidos en el mismo lugar y fomentar una convivencia que beneficie a todos.

La dimensión social del trabajo

Más allá de lo laboral, el sindicato cumple un rol social clave. En un contexto de crisis, muchas personas llegan al espacio como última alternativa.

“Acá viene gente como última esperanza. Nosotros tratamos de contener, de dar una oportunidad, de que puedan trabajar”, cuenta Rivero.

El perfil de quienes se acercan cambió en los últimos años. Ya no son solo jóvenes o trabajadores informales: también hay personas mayores que quedaron fuera del sistema.

“Viene gente de 55, 60 años que se quedó sin trabajo. ¿Qué hacen? Es muy duro. Muchos vienen aunque sea a tomar un café, a estar con otros”, relata.

En espacios como la feria de Plaza Rocha, esa dimensión comunitaria se vuelve evidente: jubilados que buscan un ingreso extra, pero también un lugar de pertenencia.