“Hoy todos somos una causa sola… Malvinas”: Testimonios que laceran el alma

Desde el sobrino caído hasta el excombatiente que volvió prisionero, pasando por la esposa que viene hace 35 años acompañando a su pareja. el Retrato recorrió el Monumento a los Caídos y habló con quienes eligieron estar.

La plaza de Diagonal Alberdi y Córdoba se llenó temprano. Entre los que escucharon los discursos, los que desfilaron y los que simplemente se quedaron parados frente al monumento, había historias muy distintas que compartían una misma razón para estar. el Retrato habló con algunos de ellos.

Santos Sosa: el sobrino que no volvió

Santos Sosa tiene 81 años (“voy a cumplir 82”) y tiene un sobrino que murió en Puerto Ganso. Se llamaba Ordóñez, y en Las Termas de Río Hondo, hay una plaza con su nombre.

“Para mí es fundamental”, dijo del por qué vuelve cada año. Cuando la guerra comenzó, Sosa trabajaba en un frigorífico, en el área de exportación. Estaban preparando un pedido para Inglaterra. “Ese pedido de carne después se suspendió y le compró Chile, y le mandó Chile la carne para los ingleses. Mientras estábamos en guerra”, recordó, con ironía.

Antes de irse, se quejó del sonido del acto. “Tanto roban, ¿y por qué no traen un buen sonido si lo paga el pueblo?”. Sin embargo, se veía por el rabillo de los lentes de sol una lagrima, resto seguramente, de alguna parte del acto.

Los 18 años que podrían haber sido otros

Daniel Rigi tenía 18 años cuando se anunció la guerra. Estaba en Buenos Aires, pendiente del llamado. No llegó. “Me quedé en el continente”, dijo, asegurando que en el momento se sintió aliviadísimo. Se pregunta qué hubiera pasado si hubiera ido, y responda que “esa es una gran incógnita que nunca la voy a saber.”

Por eso vino. Porque tenía la misma edad que los que fueron y no puede dejar de saber eso. “Las tierras son nuestras”, dijo como punto de partida, pero lo que lo mueve es algo más personal: la conciencia de que el azar lo dejó del otro lado.

Miria Isi, que lo acompañaba, fue más directa sobre lo que siente cada 2 de abril. “Jamás voy a olvidar lo que se vivió en ese momento. El dolor de esos nenes, porque eran unos nenes cuando fueron enviados, 18 años, con fusiles que no sabían manejar, armas viejas.” Y agregó lo que para ella es la obligación que queda: “Hay que rendirles siempre honor y gloria. Jamás olvidarse y que quede el legado para las generaciones posteriores, para que eso no haya sido en vano.”

Coceres: “Fue todo muy triste. Hoy debería ser un día triste”

Wilfredo Coceres tenía alrededor de 30 años cuando se anunció la guerra. Había hecho el servicio militar una década antes, en 1970, y no fue convocado. Vino igual. “Es por respeto, hay que siempre mostrar respeto”, dijo.

Recuerda cómo recibió la noticia de la guerra: “Mal, obviamente, mal. Y más cuando empezamos a escuchar todo lo que estaba pasando, peor. Y después cuando terminó, peor todavía.” Hizo una pausa y agregó: “Hoy creo que debe ser un día triste, no para festejar”

Sandra Constantio: 35 años viniendo, ahora heredando el recuerdo

Sandra conoció a su marido después de la guerra. Él era clase 1962, estaba en el GADA 601 y ya estaba por recibir la baja cuando se anunció el conflicto. Fue a Malvinas como cocinero. Hoy desfila. Sus hijas están con él en la formación.

Sandra viene al monumento desde hace 35 años. Los suegros ya no pueden, son grandes, y eso convirtió la presencia en algo que se hereda. “Nos queda como un legado a mí y a mis hijas de acompañarlo en estas fechas”, explicó.

Ante la pregunta de por qué importa mantener viva la memoria en las generaciones que vienen, respondió con una palabra que había escuchado minutos antes en el discurso de Fernando Álvarez: “Malvinizar. Desde cada una de nosotras, en la docencia, en salud, seguir malvinizando. Esa tarea nos queda.”

Juan Pablo Mendoza: el prisionero que se fue llorando

Juan Pablo Mendoza es excombatiente. Clase 1962, ya había terminado la colimba y era civil cuando lo reincorporaron. El 4 de abril lo llamaron, el 6, a las 7 de la mañana, ya estaba en Malvinas. Volvió el 16 de junio, prisionero.

Lo que más lo marcó no fue el frío ni el hambre ni el miedo, fue la bandera. Cuando llegó a las islas había una bandera argentina gigante, “más grande que esta que estamos ahora“, dijo señalando la del monumento. Cuando se fue, prisionero y atado, había una bandera británica. Pequeña, pero ahí. “Mis amigos y yo nos fuimos llorando. Más que nada por los chicos que quedaron allá.”

Algunos de esos chicos eran amigos de la primaria. Fueron a la colimba juntos, llegaron a Malvinas juntos. Él volvió y ellos no. “Para mí fue terrible, terrible, nunca me voy a olvidar de ese momento.”

Del regreso guardó otra imagen: la de su madre. Su padre había muerto cuando él tenía cuatro años, y ella lo esperaba sola. “La encontré como muy avejentada, dolida. Como diez años más vieja, triste.” En las islas, para mantenerse cerca de ella, hablaba solo. Se contaba el clima, el frío, cómo estaba el día. “Era una forma de mantenerla cerca.”

Antes de irse al desfile, definió el 2 de abril con una frase que resumió lo que el Retrato vio en la plaza: “Hoy todos somos una causa sola: Malvinas”