Otro brutal ataque a una joven estudiante con discapacidad motriz en la EMES 24

Otra vez la violencia irrumpe en la escena escolar con una crudeza difícil de asimilar. En esta ocasión, una estudiante es víctima de una golpiza feroz en la EMES 204, en la zona de Nápoles y Alejandro Korn, y el ataque , brutal, desmedido, imposible de justificar, quedó registrado en un video que hoy estremece a toda la comunidad.

Las imágenes son elocuentes que quedaron filmadas. Una adolescente ataca a otra, la derriba y, ya en el suelo, descarga una secuencia de golpes de puño, tirones de pelo y patadas. La víctima no puede defenderse. No hay equilibrio en esa pelea: hay ensañamiento. Hay una violencia que crece sin freno mientras alrededor se escuchan gritos, sorpresa, impotencia. “¡Ay, no!”, se oye decir a quien filma, casi en un susurro quebrado, como si presenciara algo que no debería estar ocurriendo.

Pero hay un dato que vuelve todo aún más grave. La joven agredida tiene una válvula de derivación en el cerebro desde su nacimiento y padece una discapacidad motriz. Su condición la ubica en una situación de extrema vulnerabilidad. Cada golpe no es solo una agresión física: es un riesgo concreto para su salud, una amenaza que trasciende lo inmediato.

 

 

Después de la golpiza, las secuelas: dolores de cabeza, lesiones visibles, miedo. Un miedo profundo a volver a la escuela. No es un hecho aislado, según reconstruyen allegados. El día anterior ya había existido un episodio de hostigamiento: un empujón en una escalera que anticipaba lo que vendría. Una señal de alerta que no alcanzó para evitar la escalada.

La s preguntas que hoy la sociedad se hace son ¿qué está pasando en las escuelas? ¿Cómo se frena esta violencia que ya no sorprende, pero sí duele cada vez más?

También aparecen interrogantes sobre la respuesta institucional. Tras el hecho, la alumna fue acompañada a su casa por una integrante del equipo de orientación. Sin embargo, no hubo una comunicación formal con la familia ni precisiones sobre medidas concretas. El silencio, en estos casos, también golpea.

La indignación crece. La comunidad exige respuestas, sanciones, prevención. Porque cuando la violencia se naturaliza, cuando las alertas no alcanzan, cuando la vulnerabilidad no es protegida, la escuela deja de ser un refugio. Y entonces, la pregunta se vuelve más urgente que nunca: ¿quién cuida a los chicos cuando el peligro está entre ellos?