Con menos de 20 librerías activas estimadas en la ciudad y un mercado editorial que registró caídas de venta de hasta el 20% a nivel nacional, los libreros marplatenses negocian entre la fidelidad del lector al formato físico y una crisis de consumo que, según algunos, no tiene piso visible.
Fernando Carlos Bregante lleva la cuenta en su local de una manera simple. Si el alquiler sube un 30% y las ventas caen un 20%, la brecha real es del 50%. Desde hace un año y medio, el dueño de Artaud Libros, en Avenida Independencia al 600, cubre esa diferencia de su propio bolsillo. Trabaja solo, si tuviera un empleado, dice, ya habría cerrado, y admite que está evaluando si seguir. “Estoy pensando realmente si voy a cerrar o no”.
El panorama que describe Bregante no es el de todos, pero sí el de muchos. Mar del Plata tiene menos de 20 librerías activas según estimaciones del SInCA, con una densidad inferior a ciudades de escala comparable como La Plata. La Cámara Argentina del Libro reportó que el 80% de las editoriales registró caídas de ventas en el último período, con una baja estimada de hasta el 20% para marzo de 2026. La UCIP local, por su parte, registró nueve meses consecutivos de caída en el comercio marplatense durante 2025. En ese contexto, las librerías operan como negocios de margen estrecho expuestos a variables que no controlan.
El bolsillo primero, las plataformas después
La pregunta sobre si el declive se explica por la competencia digital tiene, entre los libreros consultados por El Retrato, una respuesta consistente, el problema principal es el poder adquisitivo, no la tecnología. “No me parece que la baja de la venta de libros en librerías se deba a ninguna plataforma”, sostuvo Bregante. “A la gente que le gusta el libro le gusta ir al local y elegirlo, no comprarlo desde un aparatito”. Sus propios clientes se lo confirman: “Yo pruebo, pero la verdad que no es lo mismo, ese es el comentario general”.
David de la Rosa, de Lilah Libros, frente a la Plaza Rocha, con una exhibición de entre 25.000 y 30.000 títulos entre nuevos y usados, opinó similar. “Son varias causas, es una sumatoria. El dinero es la primera, sin duda. Después, el tiempo para leer. La gente viene y necesita un cierto tiempo para recorrerla; salvo que vengan con una idea de antes, dicen: vengo otro día”. Para De la Rosa, el horizonte no es optimista: “No veo bien el panorama ni el futuro próximo, creo que se va a ir achicando. La gente está endeudada”.
El libro usado como amortiguador
Frente a la caída del libro nuevo, el mercado de usados emerge como el principal mecanismo de adaptación. Nathanael, dueño de Librería Occursus, combina ambos segmentos y trabaja con un rango de precios que le permite operar al 50-60% del valor de tapa en el usado, canjes incluidos. “La librería va dentro de lo que se espera. No es un momento de prosperidad, pero en los últimos 10 años no lo ha sido”, afirmó.
De la Rosa también trabaja la combinación, aunque con más cautela. Compra stock a colegas que ya no pueden absorber más inventario y reconoce que su propia librería está “bastante sobrestockeada”. Sobre quienes dicen que con el usado les va bien: “Los felicito, la verdad. Yo creo que la crisis incluye también a los usados. El usado vale la mitad que el nuevo, pero a veces es una disyuntiva entre comprar alimentos o remedios para la gente grande, y comprar libros”.
Lo que se vende y quién lo compra
Los géneros que sostienen la venta varían según el perfil de cada local, pero emergen algunas constantes. En Artaud, Bregante señala la novela histórica como el segmento más activo de la temporada, con Viviana Rivero como la autora más vendida en el período. En Ocursus, Nathanael describe un catálogo orientado a la literatura universal y argentina, la filosofía y la poesía (Saer, Borges, Derrida, Dostoievski), con picos de demanda en títulos de autoayuda como Hábitos Atómicos. En Lilah, De la Rosa añade los libros de “pseudo educación financiera” y los holísticos como nichos con movimiento propio.
Carolina, de Librería Palito (cadena con locales en Luro, San Martín y Güemes), aportó una variable que los otros no mencionaron. Palito, con su amplio catálogo empezo a implementar la venta online y Mercado Libre supera en volumen a la venta presencial durante todo el año.
“Las ventas online son las que más tenemos”, afirmó, y describió un calendario de picos concentrado en fechas especiales con el libro escolar como motor del arranque del ciclo lectivo. También señaló el efecto de las redes sociales sobre la demanda infantil: youtubers y tiktokers que publican libros propios generan pedidos concretos en las góndolas.
Lo que persiste, en todos los casos, es el lector. Nathanael describió un fenómeno nuevo entre los más jóvenes, empiezan una novela en el celular y, si les gusta, compran la edición coleccionable en papel. “Solo tienen en formato físico los libros que les interesan, que les gustan”, observó. El libro como objeto fetiche, como señal de pertenencia, como elección deliberada en un mercado saturado de opciones digitales. Carolina lo confirmó desde el mostrador, la mayoría quiere el formato físico, aunque lo descubra por TikTok. Bregante lo vio en su propio hijo, que tiene un e-book y aun así prefiere el papel.
La paradoja de las librerías marplatenses es esa, el lector no desapareció y el papel sigue siendo el rey indiscutido. Lo que mengua es su capacidad de comprar lo que le gusta.
