Jóvenes con máscaras de zorros que comen alimento para mascotas en plazas porteñas, competencias de ladridos viralizadas en TikTok y un presidente que amenaza con multas millonarias. Los therians desembarcaron en la agenda pública argentina con la misma intensidad con la que generaciones anteriores descubrieron a los emos, los punks o los floggers. Los psicólogos coinciden: no es un trastorno, es adolescencia.
La escena se repite en plazas de Buenos Aires, en parques de Barcelona, en gimnasios de secundarias de medio mundo, adolescentes con máscaras de animales, algunos caminando en cuatro patas, otros aullando, ladrando o moviendo las manos como garras. Internet los llama therians. Los adultos los miran con una mezcla de desconcierto y pánico moral idéntica a la que generaron los góticos en los noventa o los hippies en los sesenta. La diferencia es que esta vez todo ocurre frente a millones de personas, con viralización inmediata y un presidente dispuesto a convertir el asunto en política de Estado.
Qué es un therian y qué no es
La definición técnica es que un therian es una persona que se identifica, en el plano psicológico o espiritual, con un animal no humano. No se trata de creer literalmente que son un lobo o un zorro (aunque en internet siempre hay excepciones), sino de sentir que su identidad interna, su forma de percibirse y relacionarse con el entorno, tiene más puntos de contacto con ese animal que con lo que socialmente se espera de un humano.
“Esto no significa que literalmente crean que son animales, sino que su identidad o vivencia interna se identifica más con la de ese animal, ya sea esto mental, emocional o espiritualmente”, explicó la psicóloga Rebeca Rodríguez en sus redes sociales. Y agregó lo que parece necesario repetir cada vez que surge una subcultura nueva: “Tener esta identificación no quiere decir que haya ningún trastorno ni ningún tipo de problema mental.”
Andrea Anaya, otra psicóloga que abordó el tema públicamente, fue más directa: “No es un trastorno porque no está reconocido por The American Psychiatric Association y tampoco está en el DSM-5, que es el libro que nosotros utilizamos para diagnosticar.” Pero matizó: “Que algo no sea diagnosticable no significa que no merezca un análisis clínico.”
El análisis clínico: identidad, pertenencia y símbolos
Lo que los psicólogos están viendo detrás de las máscaras de animales es bastante menos exótico que lo que sugieren los videos virales. En esencia, son adolescentes buscando su identidad, construyendo un sentido de pertenencia y utilizando símbolos para expresar lo que no pueden articular de otra manera. “Lo que estamos viendo es una generación que se siente desconectada, que está en una búsqueda y exploración de la identidad, tiene una fortísima necesidad de pertenencia y está construyendo su self a través de símbolos”, explicó Anaya.
Maga, la psicóloga detrás del perfil Pochoclo Profiling, lo puso en perspectiva histórica: “En la mayoría de los casos, ser therian funciona como una exploración de la identidad, una búsqueda de pertenencia a una comunidad e incluso como una forma de regulación emocional. En el pasado lo vimos con los pokemones, los emos, los hippies, los punks. La forma cambia, pero la necesidad psicológica de encontrar identidad y pertenencia es la misma.”
El animal con el que se identifica un therian puede funcionar como símbolo psicológico. “Soy un lobo puede significar: me siento solitario, protector o incluso diferente'”, señaló Maga. El problema, advirtió Anaya, aparece cuando hay disociación o aislamiento extremo: “Si hay pérdida de contacto con la realidad, aparecen delirios o la identidad está generando un aislamiento extremo, entonces ya no estamos hablando de cultura digital, sino de un caso clínico.”
La pregunta clave, según Anaya, es otra: “¿Qué parte humana no están pudiendo integrar?” Cuando la identificación con un animal surge de la incapacidad de pertenecer a un grupo o de entender la propia personalidad, el fenómeno puede estar funcionando como huida o como alternativa al no encajar con lo socialmente aceptado.
El giro argentino
Si en otros países el fenómeno quedó circunscrito a redes sociales y debates en programas de televisión, en Argentina, quizás no tan increíblemente, escaló a la agenda gubernamental. El presidente Javier Milei, que ya había convertido la crítica a la “ideología de género” en uno de sus ejes discursivos, encontró en los therians un nuevo blanco.
“Si te querés percibir Puma, hacelo. A mí me da lo mismo, mientras no me hagas pagar la cuenta”, Esa frase no fue dirigida originalmente a los therians, sino que es una de las “muletillas” o metáforas que Javier Milei viene usando desde que comenzó su mandato (mucho antes de que el término therian fuera tendencia en Argentina) para explicar su postura libertaria sobre la autopercepción. Hoy el presidente predice: “Van a empezar a pedir Plan, hormonas caninas y cupo Laboral Therian.” Una crítica irónica a lo que él considera la expansión indefinida de los derechos de identidad
La escalada no quedó en lo discursivo. Según información no oficial, el Ejecutivo analiza implementar sanciones económicas, que podrían llegar hasta los 712 dólares o sumas millonarias en pesos, para quienes circulen con máscaras de animales o actúen como therians en la vía pública, con el objetivo declarado de “mantener el orden”.
Florencia de la V, conductora con peso político en la defensa de identidades de género, salió al cruce de quienes intentan vincular el fenómeno therian con la comunidad trans. Señaló que hay sectores que dicen que los therians tienen “problemas mentales” solo para “deslegitimar lo que es la identidad de género”, la cual definió como una “identidad política” con reclamos sociales concretos.
Lo que realmente incomoda
Andrea Anaya puso el dedo en la llaga cuando señaló que “los adolescentes siempre han experimentado esta búsqueda de identidad, lo que pasa es que ahora lo hacen enfrente de millones de personas y esto nos incomoda.” Ahí reside buena parte del problema: no es que los jóvenes estén haciendo algo radicalmente distinto a lo que hicieron generaciones anteriores, es que lo están haciendo en público, con registro audiovisual y con capacidad de viralización instantánea.
Cada generación adulta encuentra en la subcultura juvenil del momento un espejo que le devuelve su propia incomodidad con el presente. Los therians, con su estética animal y sus códigos digitales, no son más extraños que los punks con crestas de colores o los emos con flequillos que tapaban media cara. La diferencia es que esta vez el fenómeno ocurre en un contexto de polarización política donde cualquier expresión identitaria puede convertirse en trinchetaria.
Los psicólogos insisten en que, mientras no haya disociación o aislamiento patológico, se trata de una fase de exploración normal. “No se trata de burlarse, pero tampoco de romantizar o incluso replicar todo lo que aparece en redes”, advirtió Anaya. El equilibrio, como siempre, está en el medio: ni pánico moral ni celebración acrítica.
Mientras tanto, la pregunta sigue siendo la misma que se hizo cada generación: ¿de dónde salen? De donde salieron siempre: de la necesidad adolescente de diferenciarse, de pertenecer y de construir una identidad propia. Esta vez, con máscaras de zorro.
