Mientras Argentina debate con los therians, en Alemania y otros países del norte de Europa surgió el “hobby dogging“: personas que caminan por parques con correas vacías, simulan órdenes a perros inexistentes y pagan adiestradores para que los acompañen en la experiencia. Carlitos Balá, que paseaba a Angueto con correa rígida desde los años setenta, mira desde algún lugar y sonríe.
En los setenta, Carlitos Balá caminaba por los estudios de televisión con una correa tensa, conectada a un arnés vacío que mantenía la forma de un perro invisible. “¡Angueto, quedate quieto!”, gritaba, y los chicos se morían de risa. Medio siglo después, en Alemania, adultos caminan por parques con correas vacías, se detienen en árboles para que el perro imaginario haga sus necesidades y simulan órdenes verbales. Le llaman “hobby dogging” y lo venden como actividad de bienestar. Balá se adelantó medio siglo, pero lo suyo era magia, ahora esto es tendencia.
¿Qué es el hobby dogging?
El hobby dogging es una actividad de esparcimiento. No hay identificación identitaria con el perro. No hay búsqueda de pertenencia a una comunidad animal. Hay, según sus practicantes, una réplica de la logística de tener perro sin las complicaciones de tenerlo realmente, ni veterinario, ni alimento balanceado, ni responsabilidades. Solo la correa, la caminata y el gesto.
El fenómeno nació en Alemania y se viralizó en TikTok con la velocidad habitual de estas cosas. Los practicantes salen a caminar por parques y avenidas sosteniendo una correa tensa realizando paradas técnicas en árboles. Algunos incluso llevan bolsitas vacías colgando del cinturón, por si acaso, no sea cosa que haya que levantar excremento imaginario.
La lógica del perro que no está
Hoy existen adiestradores que cobran por acompañar a estas personas en sus caminatas. No entrenan al perro existente, sino que asesoran al paseador sobre cómo simular de manera convincente la interacción con la mascota invisible.
En ciertas ciudades alemanas ya hay espacios específicos para practicar hobby dogging, con horarios establecidos y hasta competencias de obediencia. El ganador es quien mejor simula el control del animal imaginario, con puntos extra por creatividad en las órdenes y realismo en los gestos.
Para algunos sociólogos, esta tendencia es una respuesta a la soledad urbana y a la necesidad de establecer rutinas saludables de caminata sin la presión de cuidar a otra criatura. Para otros, es una performance urbana. Para otros tantos, es una idiotez.
Para los defensores del fenómeno, el hobby dogging responde a la necesidad real de establecer rutinas de caminata y actividad física en contextos urbanos donde la vida sedentaria es más normativa. Pasear un perro obliga a salir de casa, pero tener un perro implica responsabilidades que no todos pueden o quieren asumir. El perro imaginario, en ese esquema, sería una solución creativa. Como tener un amigo imaginario en la infancia, pero con correa.
Los críticos señalan lo obvio: si querés caminar, caminá. No hace falta el teatro. Pero el argumento de los practicantes es que el teatro es parte del disfrute. La simulación convierte una caminata común en una actividad lúdica, con reglas implícitas y una comunidad que la valida. Como cualquier juego de rol, pero en el parque.
