En una ciudad donde la postal turística convive con una creciente preocupación social, la inseguridad volvió a ocupar el centro de la escena en Mar del Plata. Vecinos de distintos barrios se congregaron en el tradicional punto de encuentro del Monumento a José de San Martín para dar inicio a una marcha que expuso, sin estridencias pero con firmeza, el hartazgo acumulado.
La convocatoria reunió a personas de diversas edades y realidades, unidas por un mismo reclamo: vivir sin miedo. Familias completas, jubilados, comerciantes, trabajadores y jóvenes coincidieron en una escena elocuente: banderas argentinas, carteles confeccionados en cartón con mensajes escritos a mano y un clima de respeto que marcó el tono de la movilización.
No hubo “trapos” partidarias, ni consignas sectoriales. Fue una marcha ciudadana, atravesada por experiencias personales. La mayoría, por no decir la totalidad, de quienes participaron había atravesado un episodio delictivo. Robos, arrebatos, entraderas, asaltos a comercios. Historias distintas con un mismo denominador: la sensación de desprotección.
El recorrido avanzó en forma ordenada y pacífica por el centro de la ciudad. Durante buena parte del trayecto predominó el silencio, interrumpido por aplausos y al grito de ¡seguridad! que reclamaban respuestas concretas. La bronca estuvo presente, pero contenida.
Uno de los ejes más reiterados fue la falta de recursos para la Policía. Los manifestantes señalaron el estado de los móviles, la escasez de patrullaje en distintos barrios y las limitaciones operativas que enfrentan los efectivos. También se mencionó la baja remuneración que perciben, entendida por muchos como un factor que impacta directamente en el funcionamiento del sistema.
La impotencia frente a la llamada “puerta giratoria” fue otro de los puntos sensibles. Vecinos relataron situaciones en las que, tras la aprehensión de un delincuente, este recuperó la libertad en pocas horas. Allí el reclamo se dirigió con claridad hacia la Justicia, pidiendo celeridad en los procesos y cumplimiento efectivo de las penas ante el Palacio de Tribunales.
Frente a la ¿Casa de la Justicia? se escucharon las expresiones más enérgicas de descontento. Sin dejar de ser una manifestación pacífica, la bronca se hizo audible en consignas que exigían mayor compromiso y decisiones firmes. Una escena similar se repitió frente a la Departamental de Policía, donde también hubo reclamos verbales, llegando hasta insultos para con la Policìa, aunque sin incidentes.
Luego se dirigieron hacia la Municipalidad para hacer entrega de un petitorio con los principales reclamos que atraviesan a la sociedad marplatense toda.
Llamó especialmente la atención la ausencia de dirigentes políticos en funciones. En una temática que suele ocupar un lugar central en los discursos de campaña, ningún referente con cargo público acompañó la movilización. La seguridad, tantas veces utilizada como eje retórico electoral, no tuvo representación institucional en la calle.
Solo se hizo presente el ex dirigente José María Conte, actualmente sin cargo, quien asistió como un vecino más. Su presencia contrastó con el vacío político que muchos manifestantes señalaron durante la jornada.
La marcha no tuvo un escenario central ni oradores designados. Fue una expresión horizontal, nacida del hartazgo y sostenida desde la responsabilidad cívica. La imagen de las banderas argentinas avanzando en silencio, interrumpido por el grito de ¡Seguridad! sintetizó el espíritu del encuentro.

Más allá de las cifras oficiales, el mensaje fue claro: la inseguridad atraviesa a todos los barrios de la ciudad. No distingue zonas ni clases sociales. Modifica rutinas, condiciona horarios y altera la vida cotidiana.
El desafío, ahora, queda planteado para las autoridades ejecutivas, legislativas y judiciales. La movilización fue pacífica, pero la demanda es urgente. Detrás de cada cartel de cartón hubo una historia personal, una pérdida, un miedo acumulado.
Desde el Monumento a San Martín, la ciudadanía tomó la palabra con respeto, pero con determinación. Y dejó en claro que la paciencia social tiene límites cuando la seguridad deja de ser una promesa y se convierte en una deuda pendiente.
