En el escenario del Teatro Carreras, Eber Ludueña volvió a demostrar que no hacen falta grandes despliegues para lograr una conexión genuina con el público. Un teatro sencillo, sin escenografía, apenas una pantalla que además es utilizada como intervalo, y un protagonista absoluto: el humor.
Con su estilo inconfundible, Eber construye relatos simples de la vida cotidiana, esos que todos, en algún momento, sentimos como propios. Situaciones comunes, pensamientos compartidos y recuerdos que despiertan una identificación inmediata. Y ahí está la clave: cada espectador se encuentra reflejado en alguna de sus historias.
Su objetivo es claro y lo cumple con creces: hacer reír, y no de manera tibia. Las carcajadas se transforman en lágrimas de risa, esas que brotan cuando el humor es honesto, cercano y sin artificios. Ludueña no necesita exagerar ni forzar; su fortaleza está en observar la vida tal como es y devolverla convertida en risa.
El público , que llenó el Teatro Carreras, acompañó, se relajó y disfrutó. Salió del teatro liviano, con esa sensación tan buscada de haber pasado un buen momento y de haberse reído de sí mismo.
Si la intención es desconectar, reírse y pasar una noche distinta, la recomendación es clara: vayan a ver a Eber Ludueña. Porque a veces, el mejor humor es el que nace de lo cotidiano y se comparte entre risas.
Sandra Robbiani
