La consagrada banda teatral Los Macocos celebra cuatro décadas de trayectoria ininterrumpida con la obra ¡Chau, Macoco! – Un Viudrama, que se presenta en el Teatro Tronador BNA de Mar del Plata. En diálogo con Retrato, Gabriel Wolff, integrante histórico del grupo, reflexiona sobre la historia, el presente y el espíritu que mantiene viva a una de las compañías más queridas del teatro argentino. Wolff integra el elenco junto a Daniel Casablanca, Martín Salazar y Marcelo Xicarts, pilares de una identidad artística construida a base de humor, riesgo y una profunda conexión con el público.
Cuarenta años sobre las tablas: el riesgo como motor
“Macocos siempre tuvo ganas de correr riesgos, y en este caso se juntaba la celebración de los 40 años con el desafío de hacer una temporada en Mar del Plata”, afirma Wolff,
al recordar cómo surgió la idea de desembarcar en una plaza tan exigente como la marplatense. La propuesta no fue casual: coincidió con una mini temporada previa y con el apoyo del Complejo Teatral de Buenos Aires, que facilitó la llegada al Teatro Tronador BNA, un espacio emblemático que históricamente estuvo asociado a propuestas más comerciales.
A lo largo de cuatro décadas, Los Macocos atravesaron cambios, crisis, transformaciones y el paso de distintas generaciones de artistas. “El grupo se mantiene con sus avatares, como cualquier matrimonio largo… demasiado largo”, bromea Wolff, dejando en claro que el humor también es una forma de explicar la persistencia. La clave, según el actor, está en seguir contando lo que tienen ganas de contar y comprobar que el público todavía responde. Cuando eso ocurre, la pregunta es inevitable: ¿por qué dejar de hacerlo?
¡Chau, Macoco!: viudas, cenizas y memoria escénica
“¡Chau, Macoco! no es una despedida, es un saludo”, aclara Wolff con énfasis. La obra se define como un biodrama apócrifo y atípico que reconstruye, desde el absurdo y la emoción, la épica del grupo nacido en 1985. En la ficción, Los Macocos han muerto y sus viudas —interpretadas por los propios actores— deben cumplir la última voluntad: esparcir sus cenizas en cuatro teatros. El punto de partida es el Tronador, pero algo se interpone y las cenizas no pueden ser arrojadas todavía.
Desde allí, el espectáculo deriva en una sucesión de sketches “macocales”: Los Macocos bebés en una clínica, las primeras clases de teatro, escenas que dialogan con fragmentos autobiográficos reales de cada actor. “Con algo que podría ser humor negro, como una despedida con cenizas, se construye una apuesta por la vida, algo absolutamente vital”, sostiene Wolff. La muerte, paradójicamente, es solo una excusa para celebrar el recorrido, la pasión y el deseo de seguir creando.
El público como parte del texto
Para Los Macocos, el humor no existe sin el otro. “La risa del público es el otro 50% de la obra”, explica Wolff. Tras casi un año de ensayos, el espectáculo termina de completarse recién en cada función, con las reacciones de la sala: risas, silencios, aplausos, sonrisas, incluso algún “bravo”. Todo eso modifica el ritmo y se integra al texto vivo que sucede en escena.
Esa relación directa con el espectador es parte esencial del llamado “estilo macocal”. Cuando la risa no aparece donde debería, el actor lo percibe de inmediato y ajusta. No hay automatismo posible. Por eso, para el grupo, el público no es un destinatario pasivo sino un socio creativo. En una cartelera dominada muchas veces por figuras mediáticas, Los Macocos reivindican su identidad como “marca” teatral: una propuesta con humor, pero también con riesgo e independencia artística.
La experiencia en Mar del Plata, y particularmente en el Teatro Tronador, representa un hito. “Es un teatraso, y para nosotros esta experiencia es fabulosa”, reconoce Wolff, agradeciendo el apoyo institucional que permitió ampliar el abanico de propuestas culturales en la ciudad. El desafío estaba claro desde el inicio, pero la respuesta del público confirma que hay lugar para un teatro que combine risa, emoción y reflexión.
A sus 40 años, ¡Chau, Macoco! es todavía “un niño que está aprendiendo a caminar”, como define Wolff. Los espectáculos del grupo siempre fueron de largo aliento, pensados para crecer con el tiempo. Y mientras haya risa, aplauso y ese ida y vuelta irrepetible con el público, Los Macocos seguirán diciendo “chau” solo como saludo, nunca como despedida.
