Decenas de repartidores autoconvocados volvieron a ocupar las calles del centro de Mar del Plata en una masiva caravana que no solo reclamó justicia por el brutal ataque a Johana Stanley, sino que expuso un conflicto social y laboral cada vez más profundo: el avance impune de los motochorros y la desprotección absoluta de quienes trabajan sobre dos ruedas para sobrevivir.
La manifestación, que se inició en Belgrano y La Rioja y recorrió Yrigoyen, Luro e Independencia, se hizo escuchar con bocinazos, pancartas y un mensaje claro: así no se puede trabajar. La violencia cotidiana convirtió al delivery y al transporte en moto en una actividad de alto riesgo, sin respaldo estatal ni garantías mínimas de seguridad. “No somos descartables. Salimos a la calle porque las reuniones no alcanzan y las promesas no frenan las balas”, expresó Alan Veltri, referente del Sindicato de Cadetes, Motoristas y Mensajeros (Sicamm).
El reclamo tiene nombre y apellido. Johana Stanley, de 29 años, fue atacada a tiros el domingo pasado en el barrio San Martín cuando se dirigía a trabajar. Dos delincuentes intentaron robarle la moto y, sin mediar palabra, le dispararon. Las heridas en los pulmones y la columna la dejaron con una inmovilidad permanente en las piernas. Una vida quebrada por la violencia, un proyecto laboral truncado y una familia golpeada por una inseguridad que no distingue horarios ni barrios.
Para los manifestantes, el caso de Johana no es un hecho aislado, sino el reflejo de una realidad que se repite: robos, amenazas, ataques armados y la sensación de estar solos frente al delito. “Cada vez que salimos no sabemos si volvemos. Pero si no salimos, no comemos”, señalaron durante la protesta, poniendo en evidencia la precarización laboral que empuja a miles a trabajar sin protección.
Si bien en las últimas horas fueron detenidos dos jóvenes por el robo de la motocicleta, los repartidores advierten que la respuesta no puede limitarse a hechos aislados. Exigen políticas concretas, prevención real y un compromiso firme del Estado. La caravana fue, sobre todo, un grito colectivo: trabajar no puede costar la vida.
