Con afecto a las y los peronistas de la ciudad
El peronismo de Mar del Plata se encamina a un nuevo proceso electoral interno, como en toda la provincia de Buenos Aires. Pero esta vez no se trata solo de renovar autoridades partidarias. Lo que está en discusión es algo mucho más profundo: qué papel va a jugar el Partido Justicialista en la construcción política de la ciudad en los próximos años.
La interna del Partido Justicialista no puede reducirse a una competencia de nombres ni a un trámite burocrático. Lo que realmente está en juego es si el peronismo va a asumir su responsabilidad histórica de ser motor de un proyecto colectivo más amplio, que convoque, articule y exprese a los sectores populares, productivos, sindicales, sociales, culturales y políticos de Mar del Plata. En otras palabras, si va a ser columna vertebral de una alternativa frentista con verdadera vocación de mayorías.
Mar del Plata necesita una alternativa política real. No alcanza con administrar estructuras ni con debates endogámicos. Hace falta una fuerza con vocación de gobernar, con capacidad de disputar poder y ganar elecciones, pero también con capacidad de tender puentes, ampliar la base de representación y ser parte de una propuesta común que vuelva a entusiasmar a la sociedad.
En ese sentido, el Partido Justicialista tiene una responsabilidad enorme. Su fortaleza histórica nunca residió en el encierro, sino justamente en lo contrario: en su capacidad de abrir, integrar, sumar y conducir procesos colectivos. Allí donde el peronismo se volvió frentista, amplio, generoso y convocante, fue protagonista; allí donde se miró a sí mismo, se achicó.
La experiencia reciente de la Provincia de Buenos Aires y la conducción de Axel Kicillof muestran con claridad ese camino: una construcción política amplia, sostenida por el protagonismo de la militancia, el compromiso con los sectores del trabajo, la producción y la comunidad organizada, y una gestión que prioriza derechos, desarrollo e inclusión.
Pero además, el peronismo no solo disputa poder: piensa y planifica. Su historia está ligada a la idea de proyecto, de horizonte, de planificación estratégica para transformar la realidad y no administrarla, y así como los planes quinquenales expresaron en su momento un Estado que se proponía conducir el desarrollo nacional, hoy Mar del Plata necesita algo equivalente en clave local: una planificación seria, participativa, popular y moderna que piense el futuro de la ciudad en términos de producción, trabajo, infraestructura, desarrollo urbano, integración sociourbana, educación, salud, cultura y oportunidades para las juventudes.
Mar del Plata atraviesa problemas profundos: desempleo estructural, desigualdad, precarización, sectores postergados y una falta de horizonte que golpea con fuerza, sobre todo, a las juventudes. A este cuadro se suma la ausencia de una estrategia clara y sostenida para el desarrollo de las economías regionales, que hoy funcionan de manera fragmentada, sin planificación ni acompañamiento integral del Estado. Sin una política decidida que fortalezca la producción local, el agregado de valor, el trabajo genuino y el arraigo territorial, la ciudad queda atrapada en un modelo dependiente, estacional y excluyente.
Este deterioro local se inscribe en un contexto nacional y regional más amplio. El gobierno de Javier Milei impulsa un modelo de ajuste, desregulación y entrega que profundiza la desigualdad, destruye el entramado productivo y debilita la soberanía nacional. No es casual que este rumbo encuentre afinidad política e ideológica con las posiciones de Donald Trump y los sectores más reaccionarios del poder global, que promueven el disciplinamiento de los pueblos, el desconocimiento del derecho internacional y la subordinación de América
Latina a intereses ajenos. La ofensiva contra Venezuela es una muestra clara de esa lógica: lo que hoy seensaya contra un país hermano, mañana puede proyectarse sobre cualquier nación que intente un camino autónomo. Defender la soberanía de los pueblos es, también, defender la democracia, el trabajo y la dignidad en la Argentina.
Frente a esa realidad, el peronismo no puede limitarse a administrar sellos ni a discutir cargos; tiene la obligación de ayudar a organizar esperanzas, reconstruir confianza social y ofrecer un proyecto de ciudad planificado, sostenible, inclusivo y con capacidad real de convertirse en mayoría.
Por eso esta discusión interna debe servir para abrir, no para cerrar. Para convocar, no para expulsar. Para ordenar la política al servicio de un proyecto colectivo y no de intereses individuales.
El desafío está planteado. No se trata solo de elegir autoridades. Se trata de decidir si el peronismo vuelve a ponerse al frente de un proyecto colectivo, frentista y democrático, o si se resigna a observar desde afuera cómo otros deciden el rumbo de la ciudad.
Por Matías Casimir
