Desde la soledad del formador hasta la élite europea, el formador oriundo de Bragado disecciona en diálogo con el Retrato, la crisis creativa de las divisiones inferiores. Un análisis sobre la tensión entre la academia, el mercado y la urgencia de recuperar el “potrero” en la formación de los talentos del mañana.
La figura del formador, ese que pule la materia prima antes de que sea cooptada por la industria, se erige como la última barrera del humanismo en el fútbol. Facundo Alvanezzi, entrenador de vasta trayectoria internacional y una voz autorizada en la pedagogía del fútbol base, propone una visión que va a contracorriente del modelo de negocio actual, donde el verdadero éxito no está en la medalla, sino en la construcción integral del individuo.
Alvanezzi, quien ha transitado desde los campos de su Bragado natal hasta las estructuras de la élite europea, entiende su oficio no como una instrucción táctica, sino como un ejercicio de introspección y soledad. “El silencio con que transito mi oficio es relevante entre lo actuado y lo que medito mesuradamente para optar por la mejor decisión”, sostiene. Esta soledad, se convierte en su “compañera de ruta”, una aliada necesaria para edificar los momentos de enseñanza en un entorno que rara vez ofrece contención emocional a quienes dirigen.
La orfandad del formador y el rol paternal
La estructura del fútbol moderno a menudo olvida la psicología de quien enseña. No existe una red de protección emocional para el formador cuando los resultados no acompañan. Alvanezzi confiesa convivir consigo mismo desde hace casi tres décadas, habiendo tenido que crear su propia “red protectora unipersonal”. Esta introspección es la base de su metodología: “Cuando las luces se apagan, es cuando más trabajo y desarrollo mi introspección vinculado al mensaje expresado en el día a día”.
Se define como un “disparador afectivo” cuya responsabilidad es construir y deconstruir diálogos que alimenten la autoestima del joven, no solo para la competencia, sino para la vida misma. En una etapa tan difícil como la adolescencia , donde muchas veces es la competencia la fragua del carácter, Alvanezzi como formador asume funciones de padre sustituto, de psicólogo y de base moral. “Dar lo mejor de mí humanamente es la recompensa mayor que puedo ofrecerles… lo deportivo queda siempre en segundo plano”.
El talento, la conducta y la falacia del éxito
Uno de los dilemas eternos en la gestión de grupos juveniles es la dicotomía entre el talento innato y la disciplina. El formador se enfrenta a diario a esta encrucijada, el virtuoso sin conducta y el trabajador incansable con limitaciones. En este sentido el enfoque de Alvanezzi, es inculcar “el valor sugestivo de la conducta educada en el esfuerzo”.
En ese sentido, para Alvanezzi, el éxito es un concepto vocacional y humano. “Soy un ‘rara avis’ que define el éxito como alguien que transita su vocación bienaventurada superándose continuamente”. Su meta nunca fue el campeonato de turno, sino el anhelo de que la mayor cantidad de sus dirigidos debuten en primera división y, fundamentalmente, se conviertan en hombres de bien.
Citando a Borges, recuerda que “fracasar es un deseo infinito de seguir intentándolo siempre”. Bajo esta premisa, el fracaso deportivo se toma como una herramienta pedagógica indispensable en una sociedad adicta al triunfo inmediato. “El fracaso deportivo es un instrumento de educación para entender en la vida, que perdemos mucho, ganando poco”, argumenta. En este sentido, se autodefine provocadoramente como “un gran perdedor deportivo que es campeón de todo a nivel humano”.
La crisis de la creatividad: Academia vs. Potrero
La institucionalización excesiva de la enseñanza está matando la inventiva. Alvanezzi, observa con preocupación cómo el término “academia” gana terreno sobre el concepto de “potrero”, ese espacio de improvisación y libertad creativa que históricamente definió al jugador rioplatense.
Recurriendo a Jorge Valdano, advierte: “La academia hace mejores a los peores y embrutece a los talentosos”. La crítica apunta a un sistema que robotiza a los jugadores, coartando su independencia en pos del resultado y la seguridad táctica. “Hoy todo es errático, teledirigido, netamente comercial, repetitivo, sin dejar que la inventiva sea la escuela de vida”, lamenta. De esta forma, el verdadero talento se encuentra en el “pensamiento creativo que autoriza a los músculos y pies a tomar las decisiones más difíciles en fracciones de segundo”.
La élite y el peligro del entorno
Habiendo sido testigo del desarrollo de jugadores que hoy brillan en la Champions League y las grandes ligas europeas (Premier League, Bundesliga, La Liga), Alvanezzi conoce el precio de la cima. Define al jugador de élite como una “simbiosis perfecta entre mente, cuerpo y alma”, donde el instinto actúa como el escultor de las acciones brillantes.
No obstante, advierte sobre la toxicidad que rodea al éxito prematuro. “Lo primero que cambia es el entorno que adula y endulza los oídos por compartir un éxito momentáneo que no les pertenece”, explica. Esta contaminación, sumada a la presión desmesurada del dinero, ha erosionado el “fútbol de autor”, reemplazándolo por un fútbol comercial donde prevalecen los intereses personales sobre el juego colectivo.
Un legado de “Fútbol Silvestre”
Alvanezzi mantiene una fiel cruzada de defender el talento y la creatividad en libertad. Su mayor satisfacción no proviene de los títulos, sino del reconocimiento de sus ex dirigidos, hoy profesionales, operarios o padres de familia, que valoran al “Míster Facundo” no por la táctica, sino por la educación en valores.
En un fútbol que empuja hacia el progreso y el éxito efímero, Alvanezzi hace un pedido para retroceder, volver a las fuentes. “Juguemos como niños en la élite para cumplir los sueños que acunamos desde siempre… Sólo así, el fútbol mundial recuperará sus orígenes”.
