El último sudestazo no solo trajo viento y espuma. Dejó al descubierto, una vez más, una postal que se repite y se agrava en los sectores de la costa mas emblemáticos de Mar el Plata: la playa pública se achica, y hace peligrar la temporada veraniega.
En sectores como el Sur, La Perla, Varese y Playa Grande, algunas de las playas más categorizadas de la ciudad, el fenómeno es evidente. Los balnearios privados, que invirtieron en las concesiones que se extienden por varios años, basándose en el pliego, ocupan el lugar que la Municipalidad les otorgó y que les corresponde legalmente.
Hoy el resultado es tan gráfico como preocupante: antes de la llegada de las sudestadas del último fin de semana, en algunos tramos quedaban apenas unos metros de playa pública para miles e veraneantes.
Familias que llegan temprano, turistas con conservadora en mano, vecinos históricos del barrio: todos buscando un espacio que ya no existe. La escena se repite verano tras verano, pero se vuelve crítica cuando el mar avanza y la arena retrocede. Entonces, lo público queda reducido a una franja mínima, insuficiente, donde la gente se amontona “uno arriba del otro”, sin comodidad, sin seguridad y sin alternativas reales.
La pregunta es inevitable: ¿cómo se llegó a este punto?
La respuesta combina falta de obras estatales, y muchas concesiones extensas sin contrapartidas ambientales para el uso común, y que hacen respetar el permiso que les otorgó la Municipalidad. Cabe remarcar que tampoco el Estado ha encarado con la seriedad necesaria obras de defensa y recuperación del frente costero.
La paradoja es brutal: las playas más valoradas de la ciudad, las que definen su identidad turística, se están volviendo inaccesibles para el público general. No por falta de mar, sino por falta de arena libre.
Si no hay una intervención urgente, el horizonte es claro y preocupante: playas de hecho privatizadas, donde el derecho al acceso libre queda subordinado a la capacidad de pago.
La discusión ya no admite más postergaciones. El Estado debe asumir su rol indelegable de garante del espacio público, revisar los pliegos, exigir inversiones ambientales y ejecutar obras de protección costera.
Porque si la arena sigue desapareciendo y nadie se hace cargo, Mar el Plata corre el riesgo de perder algo más que metros de playa. Puede perder su esencia: una ciudad costera donde el mar sea de todos y no solo de quienes pueden pagar una sombra.
Lamentablemente hoy cada sudestada no solo modifica la línea de costa: también pone a prueba la capacidad de planificación y adaptación de una ciudad cuya identidad está ligada, de manera directa, a sus playas.
La pregunta es ¿Le dará el cuero al intendente interino para reverir esta aituacion?
