Federico Isla, director del Instituto de Geología y Costas de la UNMDP, advierte que se modifica la topografía natural de la arena sin supervisión, eliminando las defensas naturales y dejando al dominio público sin playa. El especialista reclama un plan de refulado intermunicipal urgente y critica la parálisis política que impide utilizar los excedentes de arena del puerto
El inicio de la temporada 2026 ha puesto en evidencia una tensión ecológica que viene amenazando las playas de la ciudad hace décadas. El espacio público en las playas se encuentra bajo un asedio doble que amenaza la sostenibilidad del recurso turístico más valioso de la ciudad. Por un lado, la erosión costera, un fenómeno natural exacerbado por el cambio climático y la mayor recurrencia de tormentas del sudeste, por el otro, la ocupación comercial intensiva, que avanza sobre una superficie cada vez más exigua sin el debido control estatal.
Federico Isla, director del Instituto de Geología y Costas del Cuaternario de la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMDP), realizó un diagnóstico técnico sobre la salud del litoral bonaerense. El especialista explicó que la sudestada de mayo pasado dejó a la costa en una situación de vulnerabilidad extrema para afrontar el verano. Sin embargo, Isla no apuntó a los efectos de la naturaleza, sino que también señaló directamente a la gestión de los balnearios y a la inacción política del Municipio de General Pueyrredon como co-responsables directos del déficit de arena que hoy indigna a residentes y turistas que quieren disfrutar el espacio público.
La “mala praxis” en la topografía e las playas
Uno de los puntos más controvertidos y menos discutidos expuestos por el geólogo es la intervención artificial que se realizan sobre la topografía de la playa. Según Isla, existe un manejo inadecuado y sistemático de la arena en un afán de maximizar la rentabilidad por metro cuadrado, alterando la morfología natural que protege la costa.
“Normalmente las playas forman naturalmente una berma de tormenta más alta y una berma de marea más baja. Esta pendiente es la defensa natural del continente ante el oleaje”, explicó Isla. “Cuando llegan quienes explotan esos espacios quieren poner la mayor cantidad de carpas en formato de peine para optimizar el espacio. Entonces toman la arena de la orilla del dominio público y la suben mecánicamente a la zona concesionada, creando una playa totalmente horizontal, artificial y plana”.
Esta alteración morfológica tiene consecuencias graves, al eliminar la pendiente natural y la berma de tormenta, se destruye la capacidad de la playa para disipar la energía de las olas. Cuando llega una sudestada como la que se vivió estos dias, el mar barre con facilidad esa arena artificialmente nivelada, llevándosela mar adentro. La denuncia de Isla apunta a la falta de fiscalización: “Eso es algo que nadie les advierte. La municipalidad no controla y así son los problemas que tenemos hoy. Al modificar el perfil de playa, no solo pierden ellos infraestructura, sino que dejaron sin playa al dominio público en algunos lugares, expulsando al bañista que no paga”.
El “efecto dominó” de las obras rígidas
Al analizar la infraestructura de defensa costera, Isla evaluó críticamente el impacto de las soluciones rígidas, como los rompeolas instalados en la zona sur (Acantilados) y en el Partido de la Costa. Si bien reconoció que estas estructuras funcionan para retener arena localmente, advirtió sobre el “efecto dominó” negativo que generan en el ecosistema costero.
“Estas obras actúan como espigones o trampas de arena, acumulan sedimento dentro de los compartimientos formando tómbolos, pero cortan la deriva litoral (el río de arena que viaja por la costa) inmediatamente al norte”, detalló el experto. El resultado es que lo que se gana en un balneario, se pierde en el siguiente. Isla citó el caso de Costa Hermosa como un ejemplo claro de este daño colateral, donde la erosión se ha acelerado notablemente debido a la interrupción del flujo de arena provocada por las defensas del sur.
La solución de fondo, según el consenso científico, ya no pasa por llenar la costa de piedras, sino por el “refulado” o repoblamiento artificial de arena. Sin embargo, Isla advirtió sobre la necesidad de no repetir errores históricos costosos. Recordó el fallido proyecto de 1998, cuando se trajeron dragas belgas para rellenar Playa Grande y Varese. “El problema técnico fue que pusieron arena demasiado fina. El mar selecciona sus sedimentos, si le das arena fina, se la lleva rápidamente. Lo ideal es buscar arena de granulometría igual o más gruesa a la existente para que la recuperación sea duradera”, sostuvo.
El recurso está, pero la política no avanza
Quizás lo más frustrante para la ciudadanía sea saber que la arena necesaria para recuperar las playas existe, es abundante y está disponible a pocos kilómetros de los sectores críticos. Isla señaló que la acumulación de sedimentos en la Escollera Sur y en el banco de arena del acceso al Puerto es un yacimiento desperdiciado que podría utilizarse para alimentar las playas erosionadas tanto del norte como del sur.
“Habría que coordinar con la administración del Consorcio Portuario y obligar a la arenera a trabajar todo el tiempo, mediante turnos rotativos, no en horario de oficina de 9 a 17, porque las olas trabajan y erosionan las 24 horas”, ironizó el investigador.
Sin embargo, el geólogo reconoció que el obstáculo no es técnico ni económico, sino puramente político. El conflicto jurisdiccional entre el Municipio de General Pueyrredon y la Provincia de Buenos Aires (agudizado recientemente por la disputa pública por la administración del complejo de Punta Mogotes) paraliza cualquier plan de manejo conjunto. “El año pasado el municipio quiso quedarse con la administración de Punta Mogotes, y eso generó una tensión que traba todo. Hasta que no se resuelva ese conflicto político de fondo, no vamos a poder establecer un plan de manejo racional de la arena que beneficie a la ciudad”, lamentó.
Cambio climático: inundaciones rápidas y el fin del modelo actual
De cara al futuro, el pronóstico del Instituto de Geología es severo y exige un cambio en la planificación urbana. Las proyecciones climáticas para la región indican no solo un aumento paulatino en el nivel del mar, sino una mayor recurrencia y violencia de las sudestadas, sumado a un incremento en el régimen de lluvias intensas en cortos períodos.
Isla advirtió sobre el riesgo de “inundaciones rápidas” en zonas costeras urbanizadas, similares a desastres recientes como el de Bahía Blanca. “Si los desagües pluviales de la ciudad siguen vertiendo sobre la playa, y a eso le sumamos lluvias torrenciales y sudestadas que taponan las salidas, vamos a tener problemas serios de drenaje en la trama urbana”, alertó.
Esto obliga a repensar drásticamente el diseño de los balnearios y la ocupación del suelo. “Lo ideal es que las ciudades balnearias empiecen a adaptarse a lo que se viene. Si la naturaleza nos dice que en algunos lugares la playa se está haciendo cada vez más chica, la próxima licitación debe contemplar obligatoriamente menos carpas y más espacio libre”, sentenció Isla. Para el académico, el modelo de negocio actual, que funciona a pleno solo los fines de semana a costa de privatizar y cementar el espacio durante toda la temporada, es insostenible en un contexto de crisis climática. “Hay que planificar si tiene sentido social y ambiental mantener tantos balnearios tan amplios cuando el recurso físico, la playa, se está extinguiendo”, concluyó.
