El mar avanza sin freno: el Sur inicia el 2026 con playas diezmadas por obras inconclusas

El inicio de la temporada 2026 ha vuelto a exponer, con una crudeza renovada, la fragilidad estructural de la costa marplatense. Mientras la narrativa oficial celebra récords de ocupación hotelera y el renacer del turismo masivo, en el corredor sur, se libra una batalla silenciosa, desigual y desesperada contra el avance del océano. La erosión costera, un fenómeno natural exacerbado por la intervención humana y la falta de planificación hidráulica estratégica, ha golpeado nuevamente reduciendo drásticamente la superficie de arena útil y poniendo en jaque no solo la economía de los balnearios tradicionales, sino la seguridad residentes, turistas y la propia traza vial que conecta la región.

Diego Sánchez Cabezudo, administrador de los balnearios Rilancó y Balcón del Sur, y testigo directo del deterioro progresivo del litoral, comentó a el Retrato su visión de la situación actual. “El problema no es lo material. Una silla, una carpa o una pasarela de madera se reponen tras una sudestada. El problema estructural es la arena que se lleva el mar, porque esa arena no vuelve”, sentenció. La dinámica de la deriva litoral, que transporta sedimentos de sur a norte, condena a estas playas a un vaciamiento constante, donde el mar “muerde” la costa sur para alimentar las playas del norte y el centro, un proceso que solo se revierte, y de forma absolutamente insuficiente, durante los meses de noviembre y diciembre, cuando las corrientes del noreste aportan un alivio temporal que desaparece con los primeros temporales de febrero.

Una obra abandonada a mitad de camino

La crisis actual es la consecuencia directa de la inacción administrativa y la discontinuidad de las políticas públicas. La defensa costera es jurisdicción exclusiva de la Dirección de Hidráulica de la Provincia de Buenos Aires, un organismo que, según los operadores del sector, ha brillado por su ausencia y falta de respuestas concretas en las últimas dos décadas.

Sánchez Cabezudo recordó que el plan maestro original diseñado para proteger el frente costero sur contemplaba la construcción de un sistema de ocho rompeolas estratégicos, pensados para frenar la energía del oleaje y permitir la recuperación de la playa. Sin embargo, la ejecución del proyecto se detuvo tras completar solo la mitad. “Se hicieron cuatro rompeolas de los ocho proyectados. El porqué se hicieron cuatro en vez de ocho habrá que averiguarlo en la Justicia o ver qué hicieron los funcionarios de turno con el dinero, pero la realidad incontrastable es que faltan la mitad de las obras proyectadas”, denunció el empresario.

Mientras que en zonas como La Perla, Constitución o las playas del centro se implementaron sistemas de escolleras en “T” y refulados que lograron retener arena y generar playas extensas, incluso artificiales, el sur quedó expuesto a la fuerza bruta del mar abierto. “Vos fijate la cantidad de arena que hay en el norte, donde nunca hubo playa natural, gracias a que se hicieron las escolleras que retienen el sedimento. Acá el sur está desapareciendo, se está destrozando”, comparó Sánchez Cabezudo.

Lo paradójico es que el desarrollo inmobiliario y demográfico de Mar del Plata crece exponencialmente hacia el sur, pero esa expansión no se acompaña con la defensa costera necesaria para sostener el territorio donde se asienta.

Riesgo de derrumbe y peligro de vida: la amenaza de los acantilados

La erosión no solo implica una cuestión económica de menos espacio para sombrillas, sino que también implica un riesgo geológico inminente y letal. Al desaparecer la playa frontal que actúa como “amortiguador” natural, el mar impacta directamente sobre la base de los acantilados, provocando su socavamiento y posterior inestabilidad.

En las últimas 48 horas, se registró el desprendimiento de un bloque masivo de acantilado en la zona, un evento que podría haber tenido consecuencias fatales si ocurría en un horario de mayor concurrencia. “Hay riesgo de vida real. Muchas veces la gente, agobiada por el calor, busca sombra debajo de la pared de los acantilados sin tener conciencia del peligro de derrumbe que tienen sobre sus cabezas”, advirtió Sánchez Cabezudo.

Aunque los guardavidas realizan tareas de prevención, patrullando y alertando a los bañistas, la masividad de la temporada hace imposible un control absoluto sobre cada metro de costa. A largo plazo, el retroceso de la línea de costa no solo amenaza a los bañistas, sino a la infraestructura donde la erosión se acerca peligrosamente a la Ruta 11, que conecta Miramar y el resto de la costa atlántica. Si no se detiene el proceso, el colapso vial es un escenario posible en el mediano plazo.

El impacto económico y la mutación forzada de los balnearios

Menos arena equivale a menos unidades de sombra comercializables, y esto se traduce directamente en la pérdida de puestos de trabajo y actividad económica. Barrios históricos del sur como San Carlos, San Patricio, Costa Azul y Playa Serena ven cómo su principal motor económico estacional, el turismo de playa, se degrada año tras año, perdiendo competitividad frente a otros destinos.

Ante la falta de superficie de arena para ofrecer servicios tradicionales de carpa y sombrilla, muchos concesionarios han optado por reconvertir forzosamente su matriz de negocios para sobrevivir. Este fenómeno explica, en gran parte, la proliferación de la nocturnidad y los eventos masivos en el sur. Los balnearios dejan de vender “playa” para vender “fiesta”, desvirtuando el perfil turístico familiar tradicional de la zona y generando nuevas tensiones con los vecinos por todos los inconveientes que eso conlleva, incluido los ruidos molestos.

“Si no se toma en serio esto ya, el proceso se acelera exponencialmente. Al haber menos arena, el mar golpea más duro y rompe más rápido”, explicó el administrador. Su pronóstico para el futuro inmediato es “la desaparición total de balnearios y la destrucción de las bajadas públicas, que ya están muy deterioradas”. Sin una intervención estatal urgente que retome las obras de defensa paralizadas hace décadas, el sur de Mar del Plata corre el riesgo de convertirse en una “zona de sacrificio”, donde el mar reclama inexorablemente lo que la falta de política pública dejó desprotegido.