(el Retrato en España) La calma otoñal de Alcudia se ha visto alterada en los últimos días por la aparición de varios carteles con un mensaje directo y provocador: “Turismo NO”. Escritos en muros y pegados farolas, especialmente en el entorno de la muralla renacentista que bordea el centro histórico, los afiches son la expresión visible de un malestar creciente entre parte de la población local ante la masificación turística.
Aunque Alcudia, como muchas ciudades de la Isla, dependen en gran medida de la llegada de visitantes, con una temporada alta que se extiende entre siete y ocho meses, el impacto social y medioambiental de este modelo económico ha vuelto a estar en el centro del debate. El verano, con su incesante flujo de vuelos, cruceros y hoteles llenos hace que la Isla recaude millones de euros, pero contrasta de forma radical con el invierno, cuando la ciudad recupera una quietud casi rural y muchas actividades económicas entran en pausa.
Los carteles, sin firma visible, se enmarcan en una ola de descontento que no es exclusiva de las Islas Baleares. En destinos europeos emblemáticos, como París, se han producido movilizaciones masivas contra lo que algunos vecinos califican como “turismo desbordado”. En la capital francesa, colectivos vecinales han denunciado la expulsión de residentes de zonas céntricas, el encarecimiento de la vivienda y la pérdida de identidad de barrios históricos.
En Mallorca, aunque no se han registrado protestas de gran escala, la aparición de estos mensajes refleja tensiones similares. Vecinos consultados señalan que el turismo intensivo ha provocado la saturación de infraestructuras, el aumento de precios en alquileres y servicios, y la pérdida de espacios públicos para la vida cotidiana. “En verano no podeis caminar tranquilo por tu propia calle”, comenta una residente del casco antiguo.
Del otro lado, comerciantes y empresarios advierten que el turismo es, con diferencia, la principal fuente de ingresos de la isla. Cada temporada estival, miles de empleos dependen de hoteles, restaurantes y servicios vinculados al sector. “Sin turismo, no habría trabajo para la mayoría de nosotros”, recuerda un restaurador local.
El Ayuntamiento ha evitado pronunciamientos directos sobre los carteles, pero sí ha insistido en la necesidad de encontrar “un equilibrio sostenible” entre la actividad económica y la convivencia vecinal. Mientras tanto, el mensaje “Turismo NO” se ha convertido en un nuevo símbolo de una tensión que late bajo la superficie: la contradicción entre el bienestar económico que genera la industria turística y la incomodidad social que su expansión trae consigo. Una paradoja que la isla comparte con muchas otras ciudades turísticas de Europa.
