Cuando la ineptitud y la falta de experiencia son tan dañinas como la corrupción

No fue gratuita ninguna decisión tomada a lo largo de todos estos años por el gobierno de Cambiemos. Y por más que agachamos la cabeza, y seguimos viviendo, algo no estuvo bien.

Perdieron de vista a las personas.

No se puede gobernar un país desde una computadora. Como si el hambre fuera un virus al que se le pone un nombre y se lo líquida de golpe. El virus Hambre Cero les fue afectando el sistema.

Y no lo vieron venir porque la ineptitud y la falta de experiencia son tan dañinas como la corrupción. Porque no caminaron la calle, o no pisaron el barro, o no recorrieron las escuelas. Porque pensaron que se trataba de números, de porcentajes, de acuerdos económicos y no de seres humanos con necesidad de ser tenidos en cuenta desde la dignidad inherente que nos constituye. Porque subestimaron la pobreza, las necesidades elementales de las familias. Porque no trabajaron la empatía. Porque no todo es plata, intereses, bonos, cuentas. Ni siquiera en un mundo globalizado.

Y lo demostraron las periferias, quizá, en un voto castigo que se parece bastante a cierta justicia social en la que muchos seguimos creyendo. Fueron artífices del triunfo de Fernández-Fernández. Y todos los que quedamos en la ancha avenida del medio, estamos obligados a ir por acá o a ir por allá.

No se hagan las víctimas sufrientes como si solo ustedes salieran perjudicados. No paseen con cara de carnero degollado como si lo que pasó, hubiera sucedido en una realidad paralela de la que ustedes no son parte. Nos defraudaron.

A mí me defraudaron casi con la primera medida que tomaron fuera de toda concepción integral de la persona. Cortando pensiones a personas con discapacidad sin chequearlas, como si la gente fuera cuestión de números sin razones.

No hicieron nada de lo que prometieron. Y nosotros, o yo, que me emocioné alguna vez con un cambio, me fui entumeciendo de bronca y de asombro ante la ausencia absoluta de sentido común.

Y ustedes, que eran el cambio hicieron lo mismo que criticaban. Con palabras más decorosas quizá. O con una imagen más pensada. Más pintorescos. Mas teatrales. Más impostados. Más de lo mismo.

No me alegro porque en el medio está el país. No me causa gracia nada de lo que está pasando.  Solo espero que apelen a la dignidad que deben tener todos. Y armen una mesa de consenso donde Marcos Peña vaya a comprar el café y Durán Barba se ocupe de los souvenirs.

Pónganse las pilas, muchachos. Porque ustedes trajeron el pasado al presente y solo espero que éste presente esté matizado por algo de coherencia, al menos, en quién lo preside. Porque de quién lo secunda (ella), al menos yo, tampoco espero nada.

Así que los felicito. Le hicieron una gran campaña a aquellos que ustedes sacaron con la promesa de un Cambio. Los que quedamos en la avenida del medio ahora los observamos más que nunca.

Porque está entre ustedes la cosa. Y ustedes somos nosotros.

Así que sienten el culo en una mesa y empiecen a acordar todos con todos cómo seguimos, porque hay varios mensajes que descifrar y nadie sabe qué pensar.

Solo sé que en la década ganada de Cristina y en el período prueba de Mauri las villas son cada vez más y más grandes, la droga corre como agua, los chicos no aprenden, la plata no alcanza, la salud empeora. Y todos ustedes están pensando cómo salir a dar la noticia. Con qué perfil, con qué palabras, con qué gestos.

Júntense todos. Todos con todos, aunque no estén de acuerdo. De un lado, del otro, sean humildes y piensen en la gente. En lo que sufre la gente. Basta de hipocresías. Armen mesas de diálogo. Si es necesario dense un abrazo, salgan a pasear el perro todos juntos, hagan footing o jueguen a las cartas. Pero pónganse a laburar.

Hagan un gran lugar, donde no tengamos que estar en ningún extremo. Porque ya se hace difícil. Porque vivimos armando y desarmando el país que decimos amar y eso se paga caro. Porque estamos cansados. Y porque seguimos esperando, inevitablemente, esos gestos patrióticos que ustedes nos niegan, para seguir teniendo algo de esperanza.

 Mónica Lence

 

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