MARCO LEIVA: ¿De qué hablamos en este país, señores?

¿De qué hablamos cuando hablamos de pobreza? Porque fácil es pensar que se trata de cuánta plata tenemos o dejamos de tener en el bolsillo o cuán cómoda o incómoda es la casa que en la que vivimos, pero en verdad se mide por muchos otros aspectos que se pueden resumir en las palabras de un niño que siente, con los ojos llenos de hoy y vacíos de mañana, que ser pobre es no poder salir a jugar.

Y así, con esa crueldad, nos inunda una cantidad inmensa de dolores que nos llevan a preguntarnos: ¿Cómo llegamos hasta acá? ¿Qué pasó que los niños ya no tienen derecho a jugar? ¿A dónde se han llevado sus sueños de futuro que no pueden ya soñar?

Entonces empezamos a ver por todos lados las garras de la bestia que le arrebata la infancia a miles de niños en nuestro país que ya no pueden pensar en juguetes porque los precios son imposibles, que ya no pueden comer carne porque pasó a ser un lujo para pocos, que ya ni la leche pueden tomar porque lo único que tienen al alcance es una nueva versión de un producto que hasta hace unos años dábamos por descontado que todos los niños tomaban a diario pero que hoy, después de poco más de 3 años de un gobierno que vino literalmente a sacarnos el pan de las manos, se denomina “alimento lácteo a base de leche”, que es lo mismo que decir agua saborizada o lo que es peor, resulta sinónimo de resignación ante algo que ya no hay derecho a consumir.

Un vaso de leche todos los días, un pibe y un vaso de leche todos los días. Suena casi hasta absurdo decirlo porque era indiscutible, incuestionable, impensado visualizar otro escenario en el que eso no sucediera. Y, sin embargo, sucedió. Era sólo cuestión de que llegasen al poder quienes piensan en la población en términos de ganancias y en los pobres en términos de pérdidas. Los mismos que no hicieron escuelas para los pibes pero que avalaron que se los mate por la espalda. Los mismos que creen que la baja en la edad de imputabilidad es la manera de combatir la delincuencia, cuando lo único que hay que combatir es el hambre y la miseria. Son ellos mismos, los que ostentan su buen vivir mientras nuestra sociedad se desangra por causa de sus planes de negocios, por causa del profundo odio que les despierta que un pueblo sea capaz de soñar con un futuro mejor.

Ellos, los que odian, no tienen reparos en salir a hablar de que “es un día muy triste” cuando tienen que brindar los nuevos números de la pobreza en la Argentina, que en apenas un año de entrega al FMI ha empujado a casi 3 millones de compatriotas más al mundo en el que los niños ya no pueden jugar. Ese mundo horrible que no debiera existir jamás es el que sigue creciendo a la sombra de un modelo de país en el que muchos sobran y sólo algunos parecen tener el derecho a vivir. Y no se trata de respirar y seguir caminando, se trata de alimentar la dimensión espiritual, de cultivar la propia humanidad y que exista espacio para ser feliz. Porque ellos no quieren que seamos felices, nos quieren cada vez más tristes y desamparados para que todos, al igual que aquel niño, entendamos que la pobreza está en no poder ya jugar.

 “El país que olvida a la niñez y que no busca solucionar sus necesidades, lo que hace es renunciar al porvenir. Y nosotros, no sólo no renunciamos al futuro, sino que no renunciaremos jamás a él y estamos luchando para mejorarlo y valorarlo para los que vendrán después. Porque luchar por el bienestar, la salud física y moral, la educación y la vida del niño es, en síntesis, luchar por la grandeza ulterior de la Patria y el bienestar futuro de la Nación”, decía nuestra Evita. Y sus verdades, hoy más verdaderas que nunca, son la guía para comprender por qué es que los vendepatria están matando a la niñez: nos quieren entregar por dos monedas cuando ya no veamos el horizonte en el que nuestra identidad repose para construir la Argentina que no nos quieren dejar ser.

Porque ocuparse de los niños significa no sólo asegurarles el alimento de cada día, sino que implica brindarles el amor y la contención que merecen para poder ser libres en lugar de esclavos de un presente que los asfixia.

Pero Evita decía más: “Hemos iniciado el proceso con la venida de algunos centenares de niños, a fin de prepararlos para una juventud capaz, como camino seguro hacia la madurez dignificada y constructiva. Para inculcarle todo lo que necesita la condición humana y es capaz de asimilar la sensibilidad infantil. Desde los conceptos morales de hogar, patria, familia, solidaridad social y espíritu de justicia, hasta los principios generales de la educación y la especialización en el trabajo. Desde la higiene más rudimentaria hasta los más elevados conceptos de fraternidad. Desde el amor a la tierra que los vio nacer y quiere dejar de ser madrastra de sus hijos, hasta el sentido de su propio deber hacia sus semejantes y hermanos”. Esto implicaba el trabajo de la ayuda social que Eva explicaba, la reconstrucción de la propia identidad para asegurar un mañana mejor.

Y son estas luces, estos faros de futuro, los que debemos abrazar con más fuerza que nunca para devolverles a millones de argentinos el derecho a soñar. No podemos acostumbrarnos a ver niños durmiendo en las calles, no podemos naturalizar que lloren por un pedazo de pan, no podemos ni debemos naturalizar que ningún niño no pueda salir a jugar. Porque si alguna vez lograran que todo esto nos parezca normal, entonces habremos perdido para siempre nuestra capacidad de transformar la realidad.

Estamos en el punto de inflexión de la historia de nuestro pueblo y necesitamos secarnos las lágrimas, respirar profundo y salir a luchar, porque los que odian nos están haciendo odiar y ya lo decía Don Arturo Jauretche: “El arte de nuestros enemigos es desmoralizar, entristecer a los pueblos. Los pueblos deprimidos no vencen. Por eso venimos a combatir por el país alegremente. Nada grande se puede hacer con la tristeza”. Y aunque resulte duro, porque nos hierve la sangre y nos aprieta el pecho al ver la Patria agonizando, cada día que pasa y no hacemos nuestra parte para equilibrar la balanza es un día que nos va a pesar más en la reconstrucción de lo que quede después del paso de la bestia.

Cada gesto amoroso que no tenemos, cada hermano al que no ayudamos, cada vecino al que no le hablamos por haber sido estafado, cada espacio que le regalamos al enemigo para que siga sembrando divisiones entre argentinos es un paso al frente ante el abismo en el que nos han puesto los que nos quieren ver caer. Pensemos, para no perder el rumbo, en los tiempos en que fuimos niños y sólo queríamos jugar, porque el único proyecto de país que lo hace posible es el que se construye con independencia económica, soberanía política y lo que resulta de ello, que es la justicia social. Impera equilibrar la balanza, los niños que fuimos lo reclaman y los niños que debemos cuidar, lo merecen.

Debe quedar claro de qué estamos hablando en este bendito país, qué decimos cuando decimos que un gobierno destruye la economía nacional. Debemos saber a ciencia cierta que esa destrucción no es una cosa abstracta que se mide únicamente por tasas de interés, cotizaciones del dólar y proporciones de la deuda sobre un PBI. Tenemos que saber que esa destrucción es que nuestros chicos no puedan tomar la leche, que tengan que comer una sola vez al día al concurrir a un comedor, que la pobreza es una cosa profunda, tan profunda que no puede representarse a la perfección. O quizá sí. Si alguien puede describir qué se siente estar en esa situación, ese alguien tiene que ser un niño. Los niños, como se sabe, no mienten. Y nos responden aquello que nos atraviesa y rompe el alma, nos dice que la pobreza es, simplemente, no poder salir a jugar. No hay pobreza más grande que la del no poder ser. De eso estamos hablando hoy en nuestro país.

Marco Antonio Leiva

Referente  Identidad Peronista

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