El armado del Espacio Progresista ya tiene fecha: el 1 de Noviembre en Capital Federal

El 1 de Noviembre, en el `Palacio Alsina´ de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, se llevará a cabo un “Encuentro Progresista” del cual participarán como oradores los referentes Ricardo Alfonsín (Ex Diputado Nacional – UCR), Miguel Lifschitz (Gobernador de Santa Fé – PS) yMargarita Stolbizer (Ex Diputada Nacional – GEN).

Del radicalismo de General Pueyrredon participarán integrantes del Espacio de Pensamiento Alfonsinista (EPA), que integran el actual Concejal Mario Rodríguez y los ex ediles Eduardo Abud, Dorita García, Jorge Salvador y Monona Dematteis, entre muchos otros.

Días atrás, en el mismo sentido de esta convocatoria, Ricardo Alfonsín participó de un multitudinario Encuentro Popular que se realizó en la ciudad de Tucumán bajo el lema “Por la Democracia Social”, ante más de 6000 correligionarios, durante el cual convocó a los presentes a que Sigan las ideas, no sigan cargos, el poder solo sirve al servicio de las ideas”.

Acto seguido, Alfonsín remarcó: “Le decimos al `radicalismo oficial´, a ver si se acuerdan, que el principal adversario de la Unión Cívica radical, del resto de los partidos populares y de la Democracia Social, es el capitalismo salvaje, el capitalismo desvinculado absolutamente de la ética social, el capitalismo egoísta e individualista del `sálvese quien puada´, y su fundamento teórico e ideológico: el neoliberalismo”.

Como corolario del encuentro, se consensuó un documento bajo el título de “Declaración de Tucumán hacia la Democracia Social”, que plasmó “el punto de partida para construir un Movimiento Socialdemócrata Nacional donde, junto al radicalismo, confluyan otros sectores políticos, organizaciones sociales, y del trabajo y la producción afines. Este movimiento socialdemócrata debe ser una opción para el próximo turno electoral y el camino virtuoso hacia el futuro”.

Declaración de Tucumán hacia la Democracia Social

El radicalismo nació para ampliar los derechos del pueblo, garantizar su libertad y asegurar su acceso a los bienes materiales con el mayor nivel de igualdad posible. También, para integrarlo en una sociedad abierta y solidaria, diseñada a partir de esa visión moral que deriva con naturalidad del respeto que merece cada ser humano. Esa es su identidad y su diferencia básica con los conservadores, que en lugar de ampliar la participación popular, quieren mantener el poder en manos de quienes ya lo tienen.

A lo largo de su historia, asumió valores y desarrolló políticas públicas compatibles con esos objetivos. La definición de su fundador lo comprometió definitivamente con la causa de los desposeídos. La lucha por el voto popular, ejecutada con intensidad y coraje por más de veinte años, instaló la democracia y consagró al primer gobierno de origen popular.

La Reforma Universitaria coronó la tarea de integración social y cultural. El artículo 14 bis de la Constitución Nacional constituyó un programa de transformación social aun incumplido. El juicio a las Juntas reinstaló la democracia, concluyó para siempre con el poder militar y consolidó la vigencia real del estado de derecho.

No todos fueron aciertos. A lo largo de su historia, la UCR y sus dirigentes incurrimos en errores, inconsecuencias, fracasos y claudicaciones, Pero el balance final es positivo: el pueblo argentino contó con un instrumento político que lo representó con dignidad, respetó sus derechos cada vez que le tocó gobernar, luchó por su libertad en los tiempos más duros y riesgosos de la República y defendió siempre la soberanía de la Nación y sus intereses permanentes.

A partir de su compromiso democrático, la UCR reconoció un interlocutor básico: el pueblo. Siempre supo que la legitimidad del poder depende, en su origen, de la voluntad popular. Para llegar a ella hace falta alcanzar el corazón y el pensamiento del hombre común con ideas claras y convocantes, pero también con actitudes coherentes. Entendió el poder como función y responsabilidad, jamás como acceso a privilegios o ventajas personales o sectoriales.

La conducta radical se convirtió en un paradigma apoyado en comportamientos humanos ejemplares, que en cualquier situación colocaron sus convicciones por encima de las conveniencias. Nuestra definitiva identificación con el pensamiento socialdemócrata no es otra cosa que la revalorización y actualización de la doctrina yrigoyeneana.

En esta etapa del proceso histórico, el sector mayoritario de la Convención Nacional decidió que las circunstancias de la vida pública aconsejaban integrar una coalición política. Toda coalición está constituida por partidos de orígenes, pensamientos y representatividades distintas, que en cierto momento coinciden en un objetivo que consideran más urgente que sus diferencias. Está claro que la coincidencia temporal no implica declinar la identidad ni abandonar las convicciones.

Está dicho y reconocido que ese acuerdo político instaló una coalición electoral exitosa que debió entenderse como punto de partida, pero nunca se transformó en coalición de gobierno. Primero, por defectos de diseño original: no existió programa compartido ni mesa de discusión estratégica, ni acuerdo para la adjudicación de espacios y atribuciones. En segundo lugar, porque así lo resolvió el Presidente de la República cuando comunicó que gobernarían “los que habían ganado”.

El resultado es que el radicalismo no participa de la toma de decisiones del gobierno: los funcionarios o parlamentarios de la UCR que a veces dialogan con el Ejecutivo no son consultados, sino solo notificados de las decisiones que se adoptan y en esas condiciones, es obvio que las diferencias de concepto y de propuesta se acumulan, particular aunque no exclusivamente, en los  planos político y económico social.

No discutimos la necesidad de corregir los desequilibrios de los precios relativos y eliminar los déficits fiscal y de cuenta corriente, tanto como la inflación. Pero la aplicación de políticas de ajuste  afecta el nivel de actividad y consumo, grava al sector productivo con altas tasas de interés, perjudica el empleo y daña a las PYMES, a la clase media y a los sectores que viven de ingresos fijos. El esfuerzo por construir una sociedad justa y equitativa que recupere el concepto de movilidad social ascendente, será aún más necesario  cuando el ajuste ortodoxo pactado con el FMI agudice el proceso recesivo que ya nos agobia. Es imprescindible compensar esos efectos con programas que preserven la calidad de vida y generen recursos genuinos para compensar el déficit, aportados por los que más tienen.

La pobreza significa inmoralidad, injusticia y potencial riesgo social. Todos sabemos que existía antes del gobierno actual, pero lo que hoy importa es que las medidas que se adopten no constituyan una serie de improvisaciones poco pensadas y muchas veces tan equivocadas, que profundizan el daño. Las decisiones deben ser el resultado del análisis técnico, pero también  de la consulta previa y de la ponderación de sus efectos en el plano social.

Los notorios conflictos de intereses que involucran a decenas de  funcionarios, contribuyen a poner en duda la objetividad de sus decisiones.

Los radicales somos corresponsables de esta situación, que la conducción partidaria aceptó pasivamente. En primer lugar, porque los principales cargos de conducción están en manos de funcionarios –gobernadores, intendentes- que en ciertos casos consienten porque dependen del auxilio financiero nacional y privilegian la continuidad de su función por encima de la defensa de los legítimos intereses partidarios. Luego, porque existe un preocupante retroceso conceptual: demasiados dirigentes colocan sus conveniencias por encima de sus convicciones.

Además, porque el simple afiliado y militante de base fue convertido en convidado de piedra sin capacidad de opinión siquiera y la democracia interna ha desaparecido, como en distritos importantes, lo demuestra la elección “a dedo” de los candidatos a cargos públicos. En ese campo, el retroceso ha sido monumental: el pragmatismo domina el escenario.

 Un partido que renuncia a opinar, a criticar y a proponer sirve para muy poco y en la realidad cotidiana, lo que no sirve tiende a desaparecer.

Ese riesgo se profundiza cuando admitimos que  omisiones de esa naturaleza interrumpen el permanente diálogo que la UCR ha mantenido con el pueblo argentino durante más de cien años, poniendo en riesgo su representatividad social.

Las crisis de la economía argentina –y sus consecuencias- son recurrentes, pero no producto de la fatalidad. Se carece de un proyecto integral de desarrollo del país. No produce los dólares necesarios para financiar el crecimiento de una industria con valor agregado, competitiva en escala internacional, y tampoco los pesos genuinos para sostener un presupuesto público que genera más gastos que recursos. Por supuesto, los factores externos influyen, pero el esqueleto de las crisis es  ese. Por eso, la extendida sensación de que siempre tropezamos con la misma piedra.

Los argentinos debemos recuperar la capacidad de pensar y diseñar el mediano- largo plazo, porque las deformaciones y carencias que arrastramos no se  solucionan en un solo período de gobierno: vamos a necesitar más de una generación.

En lo inmediato, la constitución de un consejo económico y social que de manera urgente impulse medidas para aliviar la situación de los sectores más postergados.

El mediano-largo plazo exige acuerdos que definan políticas de Estado. En primer lugar, la reforma del propio Estado, agobiado por la ineficiencia y la corrupción; una política de crecimiento y distribución que termine con la inmoralidad del atraso, la pobreza y la creciente desigualdad, anclados sobre un territorio potencialmente rico; una profunda reforma del modelo educativo, que debe convertirse en un sistema –gratuito y de alcance universal- de formación permanente;  una política demográfica y territorial que corrija las enormes deformaciones causadas por la urbanización anárquica. Los recursos presupuestarios genuinos deben provenir de una reforma impositiva que coloque la carga tributaria sobre los patrimonios, no sobre el trabajo, así como de la mayor eficiencia y transparencia en el gasto y la inversión públicas.

El futuro no es puro resultado del azar. Los argentinos podemos construirlo. En ese marco y en búsqueda de ese objetivo, la UCR no debe claudicar.

Radicales de todo el país consideramos que este documento es el punto de partida para construir un MOVIMIENTO SOCIALDEMÓCRATA NACIONAL donde junto al Radicalismo confluyan otros sectores políticos, organizaciones sociales, y del trabajo y la producción afines.

Este movimiento socialdemócrata debe ser una opción para el próximo turno electoral y el camino virtuoso hacia el futuro.

 

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