Theresa May viaja a Bruselas para defender su última oferta sobre el Brexit

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Al comenzar las negociaciones,  el Gobierno británico aseguró que prefería no lograr un acuerdo con la UE a cerrar uno malo. Aseguró a sus votantes y colegas que el control lo tendría Londres.

Que todo se haría rápida y plácidamente. Que se recuperaría la soberanía y la situación sería mejor que antes. Que los tribunales domésticos serían la última instancia para los procesos. Que no habría frontera física entre Irlanda e Irlanda del Norte.

Que se cortaría la llegada de emigrantes europeos y habría un ahorro notable en prestaciones y más dinero para el sistema nacional de Salud. Que en marzo de 2019 se cortaría del todo el cordón umbilical y no habría necesidad de periodos de transición. Que habría que abonar poco e incluso que podría ser necesario no aportar nada y que la factura de salida podría salirle a pagar a los 27.

Ocho meses después, el balance es desolador.

La primera ministra, Theresa May, acudió hoy  de nuevo a Bruselas junto a  su ministro David Davis para reunirse con el presidente de laComisión, Jean-Claude Juncker, y el presidente del Consejo, Donald Tusk, de cara a la vital cumbre europea de la semana que viene en la que la UE debe tomar una decisión crítica: considerar que las negociaciones han llegado a un punto suficiente como para pasar a la segunda fase, la que más interesa a Reino Unido y que es la definición de la futura relación entre ambas partes.

May lo hace sin cartas  en la manga, con una crisis interna (otra) de Gobierno y tras haber cedido una tras otra en las peticiones europeas. A cambio, de momento, de nada.

El encuentro de hoy es al mismo tiempo un órdago, un ultimátum y una oportunidad. Los líderes europeos metieron prisa en octubre y Tusk le dio a May dos semanas que han vencido.

De Bruselas debe salir algo. Un acuerdo parcial, un comunicado conjunto. Una señal de que en los últimos 15 días, en silencio, se ha avanzado. Que hay camino recorrido en la cuestión económica y los derechos de los ciudadanos y que las divisiones importantes, las que afectan a Irlanda del Norte y la jurisdicción de las cortes europeas desde 2019, se pueden solventar.

Hace unas semanas May acudió por primera vez para ver a Juncker.

 A muchos  analistas  les recordó  las visitas a la desesperada de Alexis Tsipras, el primer ministro heleno, en las negociaciones de 2015. El griego, como la británica ahora, trataba de resolver a nivel de jefes de Estado lo que su negociador no podía conseguir en la mesa técnica. No salió demasiado bien, pero al menos en el Consejo Europeo de octubre los 27 hicieron un regalo. Sin que hubiera razones claras, se dio un voto de confianza dando de margen hasta diciembre.

Avances en el dinero, tensión con Irlanda del Norte

Desde entonces ha habido dos cambios importantísimos. Por un lado, por la parte del dinero. Londres ha cedido más de lo que pensaba, pero menos de lo suficiente. Pasó de ofrecer nada por todos los compromisos pendientes de los próximos años a hablar informalmente de 20.000 millones de libras. La cifra ha subido ya a casi el triple, según varias filtraciones los últimos días en la prensa británica.

May necesita evitar una cifra exacta, un número redondo y gigantesco que sea usado en su contra por rivales y sobre todo por los suyos.

Según indican fuentes europeas, la forma de lograrlo sería un esquema para ir haciendo frente durante años y más que probablemente décadas a algunas de las partidas, como las pensiones de los funcionarios comunitarios o de ciertos proyectos de inversión.

A cambio, sin embargo, la situación sobre la frontera de Irlanda del Norte está muy tensa. El presidente del Consejo, Donald Tusk, dijo hace unos días que Dublín “tiene derecho de veto” sobre la cuestión. No es una novedad, sino algo obvio, pues el acuerdo final debe ser ratificado por los 27 Estados Miembros y el lema de toda la negociación es que “nada está cerrado hasta que todo está cerrado.

Los servicios de la Comisión Europea dicen que la única forma de que no haya una frontera real es que Irlanda del Norte siguiera en la Unión Aduanera tras el Brexit. Algo que Londres y sus socios políticos en Irlanda del Norte, el Partido Unionista Democrático, se niegan a aceptar. Pero al mismo tiempo, si el Gobierno irlandés no da el visto bueno a cualquier trato, y no parece dispuesto, no puede haber nada. Dublín tiene fuertes presiones, pero sabe que es su momento, o ejerce su poder de veto e influencia en este momento o luego puede ser demasiado tarde. “Déjenme ser muy claro: si la oferta de Reino Unido es inaceptable para Irlanda será también inaceptable para el resto de la UE”, dijo Tusk.

Por eso May acude de nuevo a Bruselas a intentar avances. Internacionalmente la imagen no es buena para ella.  Intentó ser dura, y capituló.  Quiso dejar todo en manos de Davis, y tiene que asumir ella los trámites. Apostó por dividir a los 27, romper el consenso, y el fracaso ha sido antológico.

Decepción en Europa

Los 27 están sorprendidos y decepcionados. Esperaban mucho más de los británicos. Más orden, más coordinación, más profesionalidad. Creen que no han estado a la altura y que han perdido ocho meses preciosos para acabar aceptando todo lo que podrían haber resuelto en semanas y que se podría haber dedicado este tiempo en realmente perfilar un acuerdo de salida que a nivel técnicos es complejísimo y que afecta a la vida de decenas de millones de personas.

La situación es más prometedora que hace apenas 15 días, pero a nadie se le escapa que lo de hoy es un examen, que May y su equipo no llegan demasiado preparados, y que Bruselas no lleva muy bien lo de fiar el aprobado a vagas promesas de esfuerzos futuros.

Hugo Barze – Corresponsal en España

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