Diada para todos los gustos; la del SI!! y la de la desobediencia

Alberto Di Lolli 11/9/17, Barcelona, Cataluna. Diada nacional de Cataluna, reivindicando el referendum sobre la independencia del 1 de octubre. ///NO UTILIZAR SIN PERMISO DE FOTOGRAFIA ///

Puigdemont lleva a las calles su insurrección al Estado y lidera una manifestación multitudinaria aunque menos que otros años “Ésta es la fuerza de la gente, el mejor impulso para el 1-O“, dice el president de la Generalitat .El independentismo demostró la semana pasada que tiene problemas con los preceptos parlamentarios.

Las manifestaciones callejeras, en cambio, le sientan como un traje a medida. Carles Puigdemont lo sabe, y por eso el calendario del Govern tenía la Diada subrayada: tenía que servir para apuntalar el camino hacia el referéndum. El independentismo no falló, y, por sexto año consecutivo, cientos de miles de personas llenaron las calles en una concentración con constantes alusiones a la cita del 1 de octubre.

En muchos momentos, la manifestación se convirtió en conjura: en un compromiso colectivo de no retroceder, de desobedecer las prohibiciones del Tribunal Constitucional, que ya han empezado a llegar. «Las decisiones del TC ya no nos vinculan. Nuestra ley es la del Parlament y nuestra obediencia es a nuestro Govern», resumió el presidente de la Asociación Nacional de Cataluña  (ANC), Jordi Sànchez.

La experiencia de otros años demuestra que, a pesar de la espectacularidad de las demostraciones de cada Diada, el independentismo tiene problemas para superar su techo de cristal. Pero el Govern confía en que la constatación de que la parte de Cataluña que lo apoya continúa movilizada sirva para advertir e impresionar a las instituciones del Estado.

Como cada año desde 2012, cientos de autobuses llegados desde cada rincón de Cataluñadiadia1 vaciaron en Barcelona su cargamento de personas de todas las edades pertrechadas con sus banderas y su entusiasmo. Este año  se puso a la venta un kit, compuesto de mochila, botella de agua y  una camiseta de color amarillo chillón, que la Asamblea Nacional de Cataluña -la entidad que organizaba la marcha junto a Òmnium Cultural– había vendido a 15 euros la unidad, con la intención de reunir dinero para pagar las sanciones económicas que puedan derivar en el futuro.

Los independentistas querían quitarse el amargo sabor de boca que le dejaron las sesiones parlamentarias de la semana pasada. Muchos de ellos, que todavía este lunes presumían de estar protagonizando una «revolución de las sonrisas», no se reconocían en la imagen de Carme Forcadell silenciando a la oposición, o en la del Parlament aprobando con urgencia y sin apenas debate leyes tan ambiciosas como la del Referéndum o la de Transitoriedad Jurídica. Diputados de Junts pel Sí admitían estos días en privado que la imagen que dejaron esas jornadas maratonianas hizo daño a la imagen del movimiento.

Con respecto a la asistencia, la Guardia Urbana cifró la asistencia a la manifestación de la Diada en un millón de personas. Se trata de una cifra superior en 125.000 ciudadanos a la que contabilizó en 2016, pero muy inferior a la de todas las ediciones anteriores de la gran celebración catalana desde el año 2012.

El récord de participación se registró, según esta misma fuente, en 2014 con 1.800.000 ciudadanos desfilando por las principales avenidas barcelonesas.

.La Delegación del Gobierno en Cataluña siempre ha ofrecido cálculos mucho más modestos. De acuerdo con sus estimaciones, los años que marcaron el récord de participación fueron 2012 con 600.000 y 2015 con 520.000. La delegación habló de una asistencia situada en el entorno de las 350.000 personas, es decir, 20.000 menos que en 2016. El president de la Generalitat, Carles Puigdemont, en la Diada.

A juzgar por lo que ocurrió este lunes, y por lo que lleva seis años pasando, las cosas no han cambiado demasiado, al menos por lo que respecta a los catalanes independentistas. Y eso que la liturgia de la manifestación se vuelve más incomprensible a cada Diada. Los organizadores habían previsto dibujar una gran cruz humana en dos de las grandes arterias de Barcelona -el paseo de Gracia y la calle Aragón-, y habían pedido a los asistentes que se pusieran la camiseta fosforescente justo cuando una gran pancarta pasara sobre su cabeza.

Había cuatro lonas diferentes: una con el lema Referéndum es democracia, otra alusiva a los atentados yihadistas de agostoPaz y libertad– y otras dos con enormes ¡ Sí -a la independencia-¡ escritos en varios idiomas.

A última hora se sumó una enorme estelada que también circuló sobre las cabezas de los asistentes. Se suponía que todas las pancartas debían confluir en las esquinas del paseo de Gracia, pero la imagen final, pensada como siempre para la televisión, fue bastante caótica. Era difícil reconocer el «símbolo positivo» que la organización buscaba dibujar, y que debía representar «la democracia y la libertad».

El independentismo hizo un esfuerzo por ensamblar el duelo por los atentados de agosto en la manifestación de la Diada, de carácter eminentemente festivo. Antes de que las lonas empezaran a pasar sobre las cabezas de los congregados se guardó un minuto de silencio.

Pero enseguida volvieron los cánticos de Independencia y los ¡Votaremos, quieran o no quieran!, porque lo que esperaba el Govern es que este lunes se subrayara el desafío al Estado.

Las promesas de desobediencia protagonizaron la jornada desde el principio. La tradicional ofrenda floral ante la estatua de Rafael Casanova se convirtió en una lluvia de reproches hacia Ada Colau y otros ediles que no se pliegan a los planes del Ejecutivo catalán.

La alcaldesa de Barcelona y los de otros de los municipios más poblados de Cataluña no se han comprometido a ceder locales para el referéndum. De hecho, sólo tres de los 10 primeras localidades en número de habitantes han dado un sí a Puigdemont, en lo que constituye un enorme problema logístico y de legitimidad para el objetivo del Govern.

Junts pel Sí y la CUP no escatimaron en críticas contra Colau tras la ofrenda floral. La coordinadora general del PDeCAT, Marta Pascal, advirtió a la alcaldesa de que se percibiría como «extraño» que se ponga «a las órdenes» del Tribunal Constitucional si no facilita locales para el 1-O, y le pidió que recapacite porque «no cabe la equidistancia». La CUP, fiel a su estilo, fue más directa, y desplegó una pancarta en el Ayuntamiento que decía: «Colau, votaremos contigo o sin ti».

La alcaldesa, mientras tanto, participaba junto a Pablo Iglesias en un acto alternativo en Santa Coloma de Gramenet, feudo obrero y socialista, cuya alcaldesa, Núria Parlon, ya ha dicho que no cederá locales para albergar las mesas de votación del referéndum unilateral.

Consciente de la potencia visual de la concentración que tendría lugar por la tarde, Puigdemont trató desde el primer momento en buscar en la calle la legitimidad que le niega la ley y, de momento, las urnas. Lo hizo en un encuentro con los corresponsales de la prensa extranjera en el que se mostró confiado no sólo en la celebración del referéndum -que el Gobierno central se ha comprometido a impedir-, sino también en que una eventual victoria del sí a la independencia abra por fin las puertas de Europa a la Generalitat. «Nos habremos ganado el derecho a ser escuchados», dijo en referencia directa al presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, que hasta ahora se ha negado a reunirse con él.

Después, por la tarde, las alusiones a la desobediencia frente a la respuesta judicial al desafío independentista se multiplicaron. Como si fueran una advertencia al Constitucional, que este martes se reúne para, con casi toda probabilidad, tumbar también la Ley de Transitoriedad Jurídica, numerosas pancartas llamaban a no acatar más que las decisiones del Govern y del Parlament.

Los discursos tras la manifestación apuntaban en la misma dirección. El primero en tomar la palabra fue el presidente de la ANC, que celebró la masiva asistencia «pese a las amenazas y al miedo» y que subrayó en alusión a la jornada parlamentaria de la semana pasada: «Nos hemos dado una nueva legalidad, la única que reconocemos. Nuestro derecho cree en la democracia y en el pueblo, no en la indivisible unidad de la patria».

Diadia3 Tampoco renunció Sànchez a presionar a los contrarios a la independencia, entre ellos a los líderes de Ciudadanos, PSC y PP que abandonaron el Parlament la semana pasada en señal de protesta por los manejos de Forcadell y la mayoría soberanista. «Arrimadas, Albiol, Iceta, Coscubiela: no os escondáis, poneos al lado de la democracia, faclitad que las urnas hablen. Ya hemos sido convocados y el pueblo hablará», aseguró.

Puigdemont aprovechó la movilización para instar al Gobierno a pactar el referéndum. El presidente de la Generalitat no quiere hablar de ninguna otra cosa que no sea una consulta sobre la independencia, y por eso es consciente de que Rajoy no accederá a su petición. Pese a todo, afirmó que estará abierto «hasta el último minuto a negociar» sobre los términos de esa votación, como su fecha o la formulación de la pregunta.

Mientras Puigdemont hablaba, empezaba la inevitable guerra de cifras. La Guardia Urbana de Barcelona contó a un millón de personas. Sociedad Civil Catalana, entidad contraria al independentismo, rebajó la asistencia a 225.000 manifestantes. Y la Delegación del Gobierno en Cataluña se quedó en una cifra intermedia, y habló de 350.000 almas.

El Gobierno, sin embargo, no parecía la noche del lunes demasiado impresionado por la demostración independentista. Consideraba que la Diada había sido la «menos numerosa de los últimos años», y lo atribuía a que la mayoría de los catalanes no había querido participar en la coartada de un proceso ilegal y liderado por el sector más radical de la política.

Fuentes del Ejecutivo dijeron a Efe que las imágenes que deja la manifestación de la Diada en Barcelona demuestran esa caída en la afluencia. Además, añadieron que donde está representada «de verdad y legítimamente» la sociedad catalana es en el Parlament «y no en la calle».

«Lo que vimos la semana pasada es que la mayoría de los independentistas ha silenciado a media Cataluña y pisoteado sus derechos de representación política», añadió el Gobierno sobre el Pleno parlamentario.

La ortodoxia de la Diada se mantuvo hasta última hora. Varios participantes en la marcha alternativa organizada por la izquierda radical independentista, en la que se encuadra la CUP, quemaron banderas de España, Francia y la Unión Europea antes de que la diputada antisistema Anna Gabriel dijera que la secesión de Cataluña no llegará a través de ninguna medida parlamentaria, sino de un proceso de «desobediencia e insubordinación contra el poder constituido». Tanto la quema de banderas como la rotura de fotos del Rey, que también se produjo, son habituales cada 11 de septiembre en estas concentraciones, para desesperación del Govern.

La sensación entre el independentismo institucional es que la calle había hecho su trabajo, y que la pelota ahora esté en el tejado del Gobierno central. Puigdemont y sus colaboradores siguen prometiendo que no acatarán las suspensiones del TC;pretenden forzar a Rajoy a actuar con contundencia. Nadie tiene demasiado claro con qué objetivo, al margen de la vaga esperanza de que la opinión pública internacional se ponga por fin del lado de los que buscan la ruptura de España. El cuanto peor, mejor cotiza al alza en la Cataluña de hoy.

Hugo Barze – Corresponsal en Europa

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